El marqués de Peñalta, loco, perdido, queriendo salírsele el alma por la boca, la estrechó entre sus brazos, sin poder articular una palabra. Al fin, muy quedo, con la sublime incoherencia del corazón, como un murmullo de celestial armonía, dejó caer en el oído de su amiga el himno del amor.
Marta escuchaba. Trémula, confusa, escondía la cabeza en el pecho de su amado, soltando un raudal de lágrimas. Ricardo la apretaba cada vez más contra su corazón, sin cansarse de repetir la misma frase, ¡la frase más bella que Dios ha sugerido a los hombres! Una vez sola levantó la niña la cabeza para preguntar en voz baja y temblorosa:
—No te marcharás ya, ¿verdad?
¡Buena gana tenía Ricardo de marcharse en aquel momento! Por cuanto hubiera de precioso en la tierra y en el cielo, no se marcharía. Su espíritu no osaba traspasar siquiera los cristales del balcón, temeroso de perder la dicha en que se bañaba. No obstante, tuvo aliento bastante para separarse un segundo y salir a la puerta gritando:
—¡Don Mariano, don Mariano!
El señor de Elorza, sobresaltado, como se hallaba desde hacía algún tiempo, acudió presuroso temiendo alguna desgracia. El rostro de Ricardo, donde se traslucía la profunda emoción que le embargaba, no era a propósito para tranquilizar a nadie. ¿Qué ocurría? ¿Por qué le llamaban?
—Don Mariano—dijo el joven anudándosele la voz en la garganta—, tengo el honor de pedir a usted la mano de su hija Marta.
¡Aquello era un escopetazo! ¿Pero cómo diablo?... ¿Se había vuelto loco?... ¿Qué era aquello, señor?... ¡Vamos a ver, vamos a ver!...
Nada; don Mariano no pudo decir nada, porque antes de que pudiera decir, hacer o pensar algo, ya tenía a su hija colgada del cuello llorando a lágrima viva. ¿Qué le restaba al noble caballero? Llorar también. Pues eso fue cabalmente lo que hizo, apretando a la hija de sus entrañas con un abrazo y estrechando con la otra mano la del marqués de Peñalta.
—Vosotros no me abandonaréis, ¿verdad, hijos míos?—dijo el anciano levantando su noble rostro varonil bañado en lágrimas.