Marta, al escuchar estas palabras, pasó repentinamente del color rojo al amarillo, dando señales de una profunda consternación. Sus manos trémulas no pudieron sostener la obra de croché y la dejaron caer sobre el regazo. Al mismo tiempo sus ojos se clavaron en Ricardo con tal expresión de miedo, de ternura, de súplica, de congoja, que éste sintió un fuerte estremecimiento, semejante al que produce una descarga eléctrica.
¡Era la misma mirada! ¡La misma que acababa de ver en sueños!
Sintiose inundado por una gran claridad, por una luz divina. En aquel instante supremo todo lo vio, todo lo comprendió. Disipose el polvo con que su loca pasión por María le había cegado hasta entonces y se encontró de frente con la escena del jardín, cuando Marta se mostraba tan ofendida de que le besase las manos... Y la vio y la comprendió. El raro desmayo que siguió a esta escena, también lo vio y también lo comprendió. Fue después con la imaginación a la playa de la isla. El sol derramando torrentes de luz sobre la arena; las olas azules y blancas ciñendo una peña donde los jóvenes estuvieron sentados largo rato; el sollozo que rompió el silencio del túnel; después, una niña que cae al agua y un joven que se arroja por ella y la salva. «Gracias, señor marqués... ¡No se estaba tan mal allá abajo!...» También vio, también comprendió. Después, repentino y asombroso alejamiento; unos ojos que no le miraban, unos labios que no le hablaban, unas manos que no le estrechaban...
¡Ah, sí, todo lo vio, todo lo comprendió!
Levantose bruscamente del sofá y acercando el rostro al de Marta, le dijo en voz dulce y cariñosa, pero con inocente petulancia:
—No lo niegues, Martita, tú acabas de darme un beso.
La niña se llevó las manos a la cara y rompió a llorar perdidamente. Mil diversas emociones de temor, de arrepentimiento, de cariño, de duda, de alegría y ansiedad cruzaron en un segundo por el corazón del joven marqués, que dobló la rodilla exclamando con acento conmovido:
—¡Marta, por Dios, me perdones la necedad que acabo de decir!... ¡Soy un estúpido!... ¡Acababa de soñar unas cosas tan tristes, y de repente terminaron todas tan bien!... No me resignaba a dejar escapar así la felicidad... Una idea absurda me vino a la cabeza, inspirada por el mismo deseo de verla realizada... Pero no..., no..., yo no puedo ser ya feliz en la tierra... Nací para ser desgraciado... Afortunadamente moriré pronto, como mi padre... y como mi madre... Perdóname esta locura de un momento y no llores... ¿Quieres saber lo que soñaba?... Te lo voy a decir, porque será quizá la última vez que me veas... Soñaba..., soñaba, Marta, que me querías.
La niña separó un poco las manos, y dejó escapar con cierta entonación colérica, pero adorable, estas palabras, que fueron cortadas inmediatamente por los sollozos:
—¡Soñabas la verdad, ingrato!