¡Oh, caso portentoso! Ricardo observó, con pasmo, que al tiempo de hacerle la caricia, el rostro de María se había trocado súbitamente por el de Marta. Sí; eran sus ojos negros y rasgados, sus mejillas frescas y sonrosadas, sus negros cabellos cayendo en rizos por la frente. Pero aquel rostro ofrecía una expresión tan triste y dolorida, que no pudo menos de gritar:—¡Marta, Marta!, ¿qué tienes?...—Y el mismo grito que dio le hizo despertar.

Marta seguía al lado del balcón, en la sillita baja, absorta al parecer en su tarea. Y, no obstante, el joven, aunque ya despierto, estaba convencido de que había lanzado un grito. Todo lo que había pasado era un sueño, pero, a su parecer, ni el grito ni los labios tibios y húmedos que sintió posarse en su frente eran imaginarios: no podía convencerse de eso.

¿Qué era aquello? ¿Qué había pasado?

Estuvo algunos instantes contemplando a Martita mientras coordinaba torpemente las ideas. Al fin, se decidió a dirigirle la palabra.

La niña levantó el rostro, que estaba encendido y turbado.

—¿No acabo de dar un grito?

Martita se turbó y encendió aún más, y apenas pudo responder con voz temblorosa:

—No..., yo no he oído nada.

Ricardo la miró fijamente y con asombro. ¿Por qué se ruborizaba aquella chica?

—Estaba soñando, pero juraría que he dado un grito... y juraría también, ¡qué cosa tan extraña!, que tú me has dado un beso.