No pudo decir más. Le ahogaba la emoción. Aquellos pabellones habían sido idea de María, cuando estaba concertada la boda. Este recuerdo trajo consigo otros muchos, todos dolorosos, en que se mezclaban su esposa, su hija y Ricardo, poniéndole ante los ojos las graves desdichas que en poco tiempo había experimentado. Levantose bruscamente y salió de la habitación.
Ricardo, conmovido igualmente y dominado por un gran abatimiento, quedó cabizbajo y silencioso. Marta continuaba atenta a su tarea, como si nada tuviese que partir con lo que estaba pasando. No levantó una sola vez la cabeza durante la conversación, ni aun cuando su padre dejó la estancia. Ricardo la contempló fijamente largo rato. La actitud impasible de la niña empezaba a mortificarle. Se le había figurado al presuntuoso que Martita iba a ponerse muy alterada al saber la noticia, porque siempre le había dado pruebas de cariño. Tenía ciega confianza en la bondad de su corazón y en la firmeza de sus afectos; pero al verla tan serena, moviendo entre sus dedos pequeños y sonrosados la aguja de marfil, sin preguntarle nada, sin pedirle que demorase el viaje por algunos días, sin decirle nada, sufría un nuevo y doloroso desengaño. Y se dejó arrastrar por la pendiente de los pensamientos sombríos a una filosofía desesperada y pesimista. «Pues señor—se dijo lacrimosamente—, hay que aceptar el mundo y la humanidad como son... ¡Esta niña que yo creía tan sensible!... ¡Qué le vamos a hacer!... En la mujer no existe más que un afecto verdadero... ¿Estará tal vez enamorada esta chica?...»
Ricardo no tenía por qué irritarse ante semejante idea. Pero lo cierto es que se irritó, y no poco. Procuró rechazarla como un absurdo y no logró más que hacerse cargo de que no sólo no sería absurdo, pero que ni aun tendría nada de particular. Abatido como se hallaba, la irritación cedió muy pronto lugar a la tristeza, una tristeza profunda y desconsoladora.
—¿A ti no te pesa que me vaya, Martita?—dijo mientras se dibujaba en su rostro cierta sonrisa melancólica.
—¡Si es tu gusto!...—respondió la niña sin levantar la cabeza.
¡Dale con el gusto! Ricardo no tenía ya ningún deseo de marcharse. Estaba furioso contra sí mismo por haberlo solicitado. De buena gana lo echaría todo a rodar... Pero no dijo una palabra de lo que pensaba.
Su tristeza y desconsuelo iban en aumento. Tenía ganas atroces de llorar. No se atrevía a dirigir la palabra a Marta, porque no se le conociese la emoción. Además, ¿por qué se la había de dirigir?... ¡Una chica tan insensible!
Se hallaba en uno de esos momentos de postración en que todo se ve de color negro y se experimenta cierto amargo deleite en ello; momento en que (si vale la frase) el espíritu se revuelca con voluptuosidad en la tristeza, procurando acrecentarla con recuerdos y cálculos infaustos. Dejó caer la cabeza sobre el almohadón del sofá y cerró los ojos con ademán de meditar. ¡Había meditado ya tanto, tanto, desde hacía algunas horas! Sus nervios habían estado en tensión harto tiempo y empezaba a sentirse acometido de una languidez muy próxima al desmayo. Levantó un poco la cabeza para convencerse de que aun podía moverse y echó una mirada a Martita, que seguía en la misma actitud; pero no tardó en dejarla caer nuevamente. Parecía que le sujetaban contra su voluntad y le tenían allí reclinado, sin permitirle menear un dedo. Todavía estuvo algún tiempo con los ojos abiertos, aunque le pesaban como si fuesen de plomo los párpados. Al cabo los cerró y se durmió. Esto es, no es fácil decir si se durmió o se quedó solamente traspuesto. Lo cierto es que el marqués de Peñalta, de aquel modo extendido con los ojos cerrados, no parecía despierto y ofrecía un semblante tan pálido, tan ojeroso, tan abatido, que inspiraba lástima.
En el espacio de algunos minutos se pueden soñar muchas y diversas cosas. Todos han experimentado este fenómeno. Ricardo aun no había perdido enteramente la noción de la realidad cuando se encontró en una estancia semejante a la en que estaba positivamente. Había, sin embargo, la diferencia de que la nueva tenía en los balcones rejas de hierro muy espesas a manera de celosía, y uno de sus muros era también enrejado, al través del cual se veían allá en el fondo altares dorados, imágenes de santos, lámparas suspendidas del techo, en fin, una verdadera iglesia. Mirando atentamente desde el sofá, observó que en la iglesia penetraba una gran muchedumbre que producía sordo y desagradable ruido, hasta que se llenó por completo, y no pudo entrar más gente. Entonces empezó a oír los acordes del órgano que tocaba los valses de la reina de Escocia, lo cual le hizo sospechar que el organista era fray Saturnino, el capellán de San Felipe. Después, por encima de las cabezas, vio asomar los picos dorados de una mitra. Cesó el órgano y escuchó la voz gangosa de un predicador que pronunció largo sermón, aunque no pudo entender una palabra de lo que decía. Concluido el sermón, oyose un cántico suave que le hizo estremecerse de gozo: era la preciosa voz de María que entonaba con más dulzura que nunca el aria de Traviata: «Gran Dio, morir si giovine...» Cuando terminó, sonaron prolongados aplausos en la iglesia. Después, toda la gente se apretó contra el altar mayor dejando libres las cercanías del enrejado. Allá pasaba algo, porque oyó claramente algunas voces que decían: «Ahora le echa la bendición..., ahora..., ahora...»
Y en el mismo instante apareció en la puerta de la estancia don Máximo que le dijo: «—¿Qué hace usted ahí tumbado? ¿No sabe usted que María se está casando?—¿Con quién se casa?—Con Jesucristo; venga usted a ver la ceremonia.» Quiso levantarse, pero no pudo. Entonces el médico le dijo: «—Bien, ya que usted no puede moverse, voy a la iglesia a ver si consigo que la gente se aparte un poco para que usted vea desde ahí.» Y en efecto, al poco rato observó que la muchedumbre dejaba un bastante ancho pasillo frente al enrejado, y entonces vio a lo lejos, sobre las escaleras del altar mayor, la figura arrogante de María en traje de desposada. A su lado estaba otra figurilla menuda de hombre que la tenía cogida de la mano. El obispo les estaba echando la bendición. ¡Más cuál sería su asombro cuando aquel hombrecillo dio la vuelta! ¡Qué Jesucristo ni qué calabazas! El que se casaba con María era ni más ni menos que Manolito López, aquel chiquillo tan insolente y antipático. Se quedó como quien ve visiones. ¡Sería posible que una chica tan hermosa y discreta se uniera a este mocoso y le dejase a él, que al fin y al cabo era un hombre, entregado a la desesperación! La verdad es que había motivo para graves y dolorosas reflexiones. Pero cuando más enfrascado estaba en ellas, he aquí que entra en la sala la misma María en hábito de monja bernarda, y dirigiéndose a él le dice sonriendo dulcemente: «—¿Estás triste porque me caso?—¡Pues no he de estarlo!—Tonto (manifestó la joven acercándose más), aunque me haya casado con Jesucristo, lo mismo te sigo amando.» Entonces Ricardo se puso a suspirar y gemir. «—No, María, tú no me quieres, tú quieres a Manolito López.—Vamos, Ricardo mío, no digas disparates, ¡cómo he de querer yo a ese chiquillo!—¿No acabas de casarte con él?—Se me figura que estás soñando; no dices más que desatinos... Despierta, hombre, despierta... o espera un poquito, yo te voy a despertar..., ¡pero mira de qué modo tan dulce!...» Y, en efecto, la hermosa monja se acercó todavía más y le tomó el rostro entre sus delicadas manos con ademán cariñoso. Después fue aproximando el suyo lentamente y le dio un tierno y prolongado beso en la frente.