—Eso no; a mí me ha parecido muy triste.
—Pues hombre, yo creía...
Y tornaron a guardar silencio. Los corazones estaban apretados, y el acento indiferente de las palabras no bastaba a ocultarlo. Marta no había dicho una sola en todo el tiempo. Sentada en una silla baja, al lado del balcón, seguía atentamente la obra de croché que tenía en la mano. Ricardo estaba reclinado en el sofá cerca de don Mariano. Mil pensamientos melancólicos se cernían sobre las cabezas de los tres, y aquella risueña habitación, esclarecida por la pura y brillante luz de la mañana, se poblaba a su despecho de silencio y tristeza. Cuando el señor de Elorza volvió a dirigir la palabra a Ricardo, se traslucía su emoción en la voz levemente ronca y temblorosa.
—¿Y cómo has arreglado tu casa? ¿Despides a los criados?
—Menos a Pepe el jardinero y a César el portero...
—¿Has hecho el equipaje?
—No; tengo tiempo esta tarde y mañana.
—¿Y las visitas?
—Realmente, don Mariano, las únicas personas que trato con intimidad aquí son ustedes... Con otras tres o cuatro visitas he concluido. A los demás enviaré tarjetas... Lo que siento más es dejar sin concluir la reforma del jardín y los dos pabellones de las esquinas en cimientos...
—No te ocupes de eso, yo cuidaré..., yo cuidaré..., yo cuidaré...