—Lo celebraré, porque este señor don Serapio me había descompuesto los oídos para una temporada.
—¡Oh, María es una profesora!
—Lo que reconozco por ahora es que tiene una figura preciosa.
—¡Pues cuando usted la oiga!...
—Esa chica lo hace todo bien. ¡Si viera usted cómo dibuja!
—¿No tienen más hija que ésta los señores de Elorza?
—Y aquella otra niña que está sentada allí enfrente, que se llama Marta. Ha de ser muy linda también.
—En efecto, es bonita..., pero no tiene expresión alguna. Es una belleza vulgar, mientras que su hermana...
—Silencio, que ya empieza.
Guardose por la reunión un silencio que siempre había sido el ideal de don Serapio, irrealizable como todos los ideales. María cantó varios trozos de ópera que le fueron pidiendo, sin hacerse de rogar. Cuando terminó, los aplausos fueron tan vivos y prolongados que la hicieron ruborizarse.