Suárez manifestó a su tertulia de señoras que tenía una voz parecida a la de la Nantier Didier y que con poco tiempo de Conservatorio podría competir con las primeras contraltos.

Como cesaran las felicitaciones y las miradas de todos dejaron de estar fijas sobre ella, una sombra de tristeza se esparció por el hermoso semblante de María. Acercose a doña Gertrudis y le dijo al oído:

—Mamá, me duele muchísimo la cabeza.

—¡Ay, hija de mi alma, te compadezco! A mí se me está partiendo también de dolor.

—Quisiera irme a acostar.

—Pues ve, hija mía, ve; yo diré que te has sentido un poco indispuesta.

—Adiós, mamaíta. Que pases buena noche.

María besó a su madre en la frente, y poco a poco, procurando no ser notada, salió del salón por la puerta del comedor. Se detuvo en él a beber un vaso de agua azucarada y quedó un instante inmóvil con la mirada puesta en el vacío. La sombra de tristeza había obscurecido mucho más su semblante.

Salió del comedor y atravesó un largo pasillo bastante obscuro. Al final había una puerta de donde arrancaba una escalerilla interior. Apenas hubo subido cuatro o cinco peldaños, se sintió cogida fuertemente por el brazo y dejó escapar un grito de susto. Al volverse percibió con dificultad el rostro pálido y angustiado de su novio.

—¡Ricardo! ¿Qué haces aquí?