—Una empanada de jamón.
—Pues a hacer una empanada de jamón.
La niña levantó la cabeza sonriendo a su futuro cuñado y emprendió de nuevo la tarea. Estaba colocada en pie delante de una mesa baja destinada, a juzgar por su lustre, a la operación que ejecutaba. Tenía puesto un enorme delantal blanco cómo el de las cocineras y en la cabeza una cofia también blanca. Sus ojos negros, brillantes, lucían mejor con este traje, lo mismo que sus cabellos de azabache. Había alzado las mangas del vestido y mostraba al descubierto unos brazos mórbidos y mejor torneados de lo que pudiera esperarse de su corta edad. Estos brazos anunciaban una mujer en plena posesión de todos los atractivos punzantes, de todas las graciosas curvas de su sexo: eran unos brazos blancos y tersos de virgen flamenca, firmes y macizos como los de una doncella de labor; lo mismo podrían servir de modelo a un estatuario que para arreglar una cama a las mil maravillas. Con ellos hacía rodar de un lado a otro por encima de la mesa un pedazo grande de pasta amarillenta, arrastrándolo y doblándolo constantemente sobre sí sin darse punto de parada. La masa se desprendía suavemente de la tabla por efecto de la manteca de que estaba impregnada con levísimo rumor parecido al roce de la seda. Algunas criadas daban vueltas por la cocina atendiendo a sus quehaceres. Ricardo contempló un instante la operación en silencio; pero no tardó en exclamar con señales de asombro:
—¡Qué atrocidad! ¡Qué atrocidad!
Las criadas volvieron la cabeza. Marta también alzó la suya.
—Pues, ¿qué pasa?
—Pero, niña, ¿dónde te has comprado esos brazos tan rollizos?
La niña se ruborizó, y entre risueña y molesta llevó la mano a las mangas del vestido bajándolas un poquito.
—Vamos, ¿ya principias? Mira, para eso no te he permitido que te quedases.
—Es que ahora ya merece la pena quedarse, aunque mandases lo contrario.