—Bien, haz lo que quieras; pero déjame trabajar en paz.

—Te dejaré que trabajes, pero haciendo constar que nunca había entrado en mis cálculos que la señorita Marta poseyese unos brazos semejantes... Sabía que era apretadita de carnes, redondita y maciza, ¿pero cómo había de sospechar...? Vamos, te digo que a no verlo, no lo creyera.

Las criadas reían. Marta amasaba con afán, haciendo gestos de resignación como quien está dispuesto a sufrir una broma hasta el fin. Ricardo prosiguió:

—Y eso que había oído hablar a María de ellos; pero en términos vagos... No eran bien precisas sus noticias. Lo mejor en estos casos para hacerse cargo del asunto es verlo por sí propio. ¡Al que se meta contigo no le arriendo la ganancia!... La verdad es que, bien mirado, una niña de catorce años no tiene derecho a poseer unos brazos como esos.

Marta suspendió su obra para reír.

—¡Jesús, qué pesadísimo eres, criatura; no se te puede sufrir!

Después, su semblante adquirió la expresión plácida y grave que lo caracterizaba, y emprendió nuevamente el trabajo hundiendo en la masa blanda una y otra vez sus puños tersos y rosados. La pasta iba adoptando sucesivamente diversas formas bajo la presión continuada de las manos breves pero firmes de la niña.

Cuando le pareció que se hallaba en su punto, la partió en varios trozos, y tomando un rollo de madera se puso a modelarlos con gran cuidado.

Ricardo preguntó con timidez.

—¿Me dejas que te ayude, Martita?