—No sabes.
—Me dirás lo que debo hacer, y bajo tu dirección marchará bien el negocio.
—¡Ahora me adulas! Bueno, consiento en ello, pero lávate las manos.
Ricardo no tuvo más remedio que ir a lavarse las manos.
—Está bien; ahora toma este otro rollo y extiende este pedazo de pasta hasta que lo conviertas en una lámina redonda.
El nuevo panadero se puso a la obra con ardor, con demasiado ardor, pues la pasta se agujereó varias veces de puro fina. Las criadas le contemplaban admiradas y sonrientes, mientras Marta permanecía grave y atenta a su tarea. En la cocina se respiraba una atmósfera sofocante, calentada por las chapas de hierro incandescente del fogón e impregnada de olores espesos de manjares a medio guisar, que empachan y repugnan al estómago cuando está ahíto y lo irritan y soliviantan cuando ayuno.
Ricardo no podía estarse callado un instante. Mientras hacía resbalar el rollo sobre la pasta con más precaución que si se tratase de confeccionar un filtro mágico, no cesaba de hacer preguntas y dirigir observaciones de todo género a Marta acerca de la empanada que tenía entre manos. «¿Cuántos huevos había echado en la harina? ¿Qué cantidad de manteca? ¿Con quién había aprendido a hacer empanadas? ¿Cuánto tiempo necesitaba estar en el horno?, etc., etc.» Marta respondía lacónicamente y sin levantar la vista a todas las preguntas, dejando asomar a sus labios una vaga sonrisa de superioridad condescendiente.
—Oye, Marta, ¿qué diría Manolito López si nos viera en este momento?
—¿Qué había de decir? Lo que se le antojara—contestó la niña ruborizándose levemente.
—¿No tendría celos al vernos tan cerca uno de otro?