—¿Es de ámbar?

—De ámbar y espuma de mar: le ha costado tres duros en Madrid.

—¡Pobre de ti si llega a saber que has sido tú...!

—Calla, tonto. ¿Para qué está el criado en casa, sino para pagar estas culpas?...

Un sujeto que estaba más cerca que los demás, les mandó callar ásperamente. Los chiquillos obedecieron. Mas de pronto dijo Manolo con voz apenas perceptible:

—Escuchad, muchachos. ¿Queréis que yo deshaga esto en un instante?

—¡Sí, Manolo; sí, Manolo!—repusieron precipitadamente los otros, que, por lo visto, tenían gran confianza en las facultades destructoras de su compañero.

—Pues vais a ver; estaos quietos ahí.

Y apartándose poco trecho de ellos se agazapó al lado de una puerta y soltó tres chillidos descomunales, idénticos a los que lanzan los perros cuando se les castiga. Un ladrido inmenso, furioso, universal, resonó inmediatamente por los espacios. Los perros todos de la población, unidos y compactos como un solo mastín, protestaban enérgicamente contra la pena infligida a un semejante suyo. El canto de María se perdió completamente dentro de aquel formidable ladrido. La multitud que escuchaba experimentó dolorosa sacudida, se agitó tumultuosamente unos instantes, lanzó exclamaciones incoherentes contra los malditos animales, trató de imponerles silencio a gritos, y, por último, visto lo inútil de sus esfuerzos, se resignó a esperar que cesasen. Los ladridos, en efecto, se fueron extinguiendo paulatinamente, haciéndose cada vez más raros y lejanos. Sólo el perro del comercio de quincalla, que acababa de cerrarse, continuó algún tiempo ladrando con furia. Al fin también éste cesó, aunque muy a disgusto. El canto de la moribunda Violeta volvió a escucharse, puro y límpido como antes. Los oyentes tornaron a reanudar las suaves emociones que les había producido, si bien un poco inquietos y nerviosos, como si temiesen a cada instante verse privados de aquel placer.

Manolo se acercó a sus compañeros ahogando la risa y fue recibido también con risas y aplausos ahogados.