—Anda, Manolito, chilla otra vez.

—Esperad, esperad un poco; hace falta que estén descuidados.

Pasado un rato, Manolo se alejó de nuevo cautelosamente, y, rodeando el grupo, fue a situarse en el extremo opuesto. Desde allí lanzó otros tres lamentos como los anteriores, y el mismo ladrido atronador pobló el espacio respondiendo a ellos. La muchedumbre se alborotó nuevamente, pero con mucho mayor estrépito. Todos hablaban a un tiempo y lanzaban furiosas exclamaciones.

—¡Esto es horrible!

—¡Vaya un concierto que nos están dando esos condenados de perros!

—¡El perro que chilla es el que tiene la culpa!

—¡Maldito!...

—¡Condenado!...

—¡Silencio, silencio, que ya se oye algo!

—¡Qué se ha de oír!... ¡Maldita sea mi suerte!