—Con mil amores, señorita.

—Mira, ahí donde dice: Cuando su marido...

Genoveva comenzó a leer para sí el párrafo; pero muy presto la interrumpió María, diciéndole:

—No, no; lee en voz alta.

Entonces obedeció, leyendo lo que sigue:

«Cuando su marido estaba ausente, ella pasaba la noche entera en vela con Jesús, el esposo de su alma. Pero no se reducían a sólo éstas las penitencias que se imponía la joven e inocente princesa. Bajo los trajes más espléndidos llevaba siembre un cilicio a raíz de la carne; hacíase azotar en secreto y con dureza todos los viernes en memoria de la Pasión dolorosa de Nuestro Señor y diariamente durante la Cuaresma (a fin, dice un historiador, de pagar en algún modo al Señor el suplicio de los azotes), presentándose luego delante de la corte con alegre y sereno semblante. Andando el tiempo trasladó esta austeridad a las altas horas de la noche, y entrándose en un aposento inmediato a la cámara donde dormía con su esposo, hacía que sus doncellas le diesen áspera disciplina, volviendo después al lado de su marido más alegre y amable que nunca, confortada con estos rigores contra su misma y su propia debilidad. Así es como ella, dice un poeta contemporáneo, procuraba acercarse a Dios y romper las ligaduras de la cárcel de su carne como valerosa guerrera del amor del Señor...»

—Basta, no leas más: ¿qué te parece?

—Ya he leído muchas veces esto mismo.

—Es verdad; pero ¿qué pensarías si yo tratase de hacer algo parecido?—se arrojó a decir con precipitación, como quien se decide a proferir una cosa que le ha preocupado mucho.

Genoveva se le quedó mirando con los ojos muy abiertos, sin comprender.