—¿No entiendes?
—No, señorita.
María se levantó, y echándole los brazos al cuello, le dijo al oído con el rostro encendido de rubor:
—Quiero decir, tonta, que si tú te avinieses a hacer el oficio de las doncellas de Santa Isabel, yo imitaría a la santa esta noche.
Genoveva comprendió vagamente; pero todavía preguntó:
—¿Qué oficio?
—Tonta, retonta, el de darme algunos azotes en memoria de los que recibió Nuestro Señor y todos los santos y santas a su ejemplo.
—¡Señorita, qué está usted diciendo! ¿Cómo se le ha metido una cosa como esa en la cabeza?
—Se me ha metido porque quiero mortificarme y humillarme a un mismo tiempo. Esta es la penitencia verdadera y más agradable a los ojos de Dios por la razón de que Él mismo la sufrió por nosotros. He intentado hacerla por mí, pero no he podido, y además no es tan eficaz como sufriendo la humillación de recibirla por mano ajena... Conque no dejarás de satisfacerme este deseo, ¿verdad?
—No, señorita, de ninguna manera... No puedo hacer eso...