—¿Por qué, tonta? ¿No ves que es por mi bien? Si yo dejara de librarme de algunos días de purgatorio por no hacer lo que te pido, ¿no tendrías un remordimiento?

—Pero mi palomita del alma, ¿cómo quiere usted que yo la maltrate, aunque sea para su bien?

—Pues no tienes más remedio que hacerlo, porque es una promesa y tengo que cumplirla... Tú me has ayudado hasta ahora en el camino de la virtud... No me abandones a lo mejor. No lo harás, Genovita, ¿no es verdad que no lo harás?

—¡Señorita, por Dios, no me mande usted eso!

—¡Vamos, Genovita! Te lo pido por el cariño que me tienes.

—No..., no..., no me pida eso.

—Anda, querida, dame ese gusto... No sabes el sentimiento que tendré si no me lo das... Creeré que has dejado de quererme...

María agotó todos los recursos del ingenio para convencerla. Sentada sobre sus rodillas la cubría de caricias, le hacía mimos, enfadándose unas veces, suplicando otras y siempre poniendo unos ojos zalameros a los cuales parecía imposible resistirse. Semejaba una niña que demanda un juguete que le tienen guardado. Cuando vio a su doncella un poco ablandada o más bien fatigada de negar, le dijo con graciosa volubilidad:

—Verás, tonta; no vayas a creer que es una cosa del otro jueves... Mucho peor es un fuerte dolor de muelas y ya sabes que los he sufrido bastante a menudo... La imaginación te hace creer que es una cosa terrible, cuando, en realidad, tiene muy poco de particular... Todo depende de que ahora no se usa porque la virtud se ha desterrado del mundo; pero en los buenos tiempos de la religión era cosa común y corriente y nadie que se preciara de buen cristiano dejaba de hacer esta penitencia... Vamos, prepárate a darme ese gusto y hacer al mismo tiempo una buena obra... Aguarda un poco... Voy a buscar lo que nos hace falta...

Y, corriendo a la cómoda, abrió un cajón y sacó de él unas disciplinas, unas verdaderas disciplinas, con su mango torneado de madera y sus ramales de cuero. Después, toda agitada y nerviosa, con las mejillas encendidas, fuese a Genoveva y se las puso en la mano. Ésta las tomó sin saber lo que hacía, de un modo automático. Estaba completamente estupefacta. La joven volvió a acariciarla, animándola nuevamente con frases persuasivas, sin que ella profiriese una palabra. Entonces la señorita de Elorza, con mano trémula, comenzó a desabotonarse la bata de color azul que traía. Tenía pintado en el rostro el goce irritado y ansioso del capricho que va a ser satisfecho. Sus pupilas brillaban con luz inusitada, dejando adivinar vivos y misteriosos placeres. Los labios secos, como los de un sediento. Había crecido el círculo morado que rodeaba sus ojos y tenía rosetas de un encarnado subido en los pómulos. Respiraba agitadamente por las narices, más abiertas que de ordinario. Sus manos pálidas y aristocráticas, de dedos afilados y uñas sonrosadas, soltaban con extraña velocidad los botones de la bata. Con rápido movimiento despojose de ella.