—Verás, no tengo más que la camisa y la chambra. Ya me había preparado.

En efecto, quitose, o por mejor decir, arrancose la chambra y quedó cubierta solamente de la camisa. Detúvose un instante, echó una mirada al instrumento que Genoveva tenía en la mano y corrió por su cuerpo un estremecimiento de frío, de placer, de angustia, de terror y de ansia, todo en una pieza. Con voz baja y alterada por la emoción dijo:

—¡Que no sepa papá esto!

Y la camisa de batista se deslizó por el cuerpo, deteniéndose un instante en las caderas y cayendo después pausadamente al suelo. Quedó desnuda. Genoveva la contempló con ojos extáticos y la joven sintiose un poco avergonzada.

—No te enfadarás conmigo, ¿eh, Genovita?—preguntó sonriendo.

La doncella no acertó más que a decir:

—¡Señorita, por Dios!...

—Cuanto más pronto mejor, porque voy a constiparme.

De este modo quería obligar aún más a su doncella. Con ademán febril le arrancó las disciplinas de la mano izquierda, se las puso en la derecha, le echó nuevamente los brazos al cuello, y, dándole un beso, le dijo muy quedo al oído en tono jovial:

—Has de dar fuerte, Genovita, porque así lo he prometido a Dios.