—Por Dios me dejes, Ricardo... Ya no tiene gracia, después de haberte conocido...
—En castigo de no haber encontrado graciosa la broma, no te suelto.
—Bueno, pues confieso que tiene mucha gracia.
—Eso ya es otra cosa... Si te sometes te dejo..., pero con precauciones.
Marta, en cuanto se vio libre, corrió con la escoba enarbolada detrás de él, aunque sin lograr alcanzarle; por lo cual dio la vuelta y siguió barriendo el comedor. Aun no se había arreglado. Vestía una bata suelta de color carmesí bastante usada, y traía el cabello sujeto con una redecilla blanca. Mas pasaba una cosa singular con esta niña. Con el vestido usado, y descosido a veces, de trajinar por la casa, y el cabello al desgaire, estaba más linda que cuando se ponía de tiros largos. Bien fuese porque la índole de su belleza no era para brillar con los trajes ricos y suntuosos, como la de su hermana, bien porque la falta de costumbre de ponérselos (pues rara vez usaba los que le compraban), la hiciese aparecer atada y encogida cuando iba al paseo, lo cierto es que aquí y en el teatro Marta llamaba poco la atención y quedaba totalmente oscurecida por la hermosura altiva y espléndida de su hermana. En cambio, dentro de casa, aumentaban sus gracias sobremanera; sus movimientos eran sueltos y desembarazados, los ojos adquirían brillo y animación y todo su cuerpo cobraba una libertad que perdía así que ponía el pie en la calle.
Barría sin apresurarse, con firmeza y sosiego, como quien cuenta siempre llegar a tiempo, tarareando muy bajito un pasacalle. No tenía voz para el canto ni gran afición a la música, y todos los esfuerzos de sus maestros y su buena voluntad para el estudio se estrellaron contra esta ausencia de facultades filarmónicas. Las obras maestras de la música y aun las fantasías, réveries y nocturnos que María tocaba en el piano la dejaban fría, sin comprender su mérito. En cambio, confesaba, avergonzada, que ciertas melodías de zarzuela y muchas canciones populares la encantaban. Otra cosa no confesaba, aunque no era menos cierta. La música que algunas veces acompaña a los entierros, que por regla general es pésima y compuesta casi exclusivamente de instrumentos de bronce, la conmovía profundamente hasta hacerle derramar lágrimas. No cantaba, pues, casi nunca, pero solía tararear suavemente cuando ejecutaba alguna labor, como ahora. De vez en cuando se paraba a tomar aliento, apoyándose un instante en la escoba, y después de echar hacia atrás algunos rizos que le caían por la frente, seguía su tarea.
Ricardo apareció de nuevo en la puerta.
—¿Martita, estás enfadada aún?
—Sí que lo estoy—repuso entre severa y risueña—y escape usted pronto, señor marqués, antes que le siente las costuras con el palo de la escoba.
—¿Pero de veras estás enfadada?