—De veras lo estoy.

—Pues bien, te pido perdón humildemente—dijo poniéndose de rodillas—. Dame todos los escobazos que quieras, porque yo no pienso moverme.

—Vamos, álzate y no hagas boberías... Mira que te estás manchando los pantalones...

—Aunque me manchase el mismísimo cuello de la camisa, no me movería, mientras no me perdones.

—¡Qué payaso eres, Ricardo!

—Muchas gracias.

—¿Quieres alzarte, criatura?

—No, mientras no me perdones.

—Has de ser formal, Ricardo.

—Hablaremos de eso con espacio... ¿Me perdonas?