—Sí, pesado, sí; levántate.
Ricardo se levantó, aproximose a Marta y sacudiéndola fuertemente, exclamó:
—¡Chiquita, qué remonísima eres!... No me admira que Manolito... Ya me entiendes...
—¡Vaya un modo de empezar a ser formal!
—Lo seré con el tiempo; no te apures.
—Bien, pues ahora déjame concluir para llevar el caldo a mamá.
—¿Sabes que he recorrido toda la casa y no he hallado a nadie?
—Mamá aun no ha salido de su cuarto y papá y María están fuera.
—María en la iglesia, como siempre, ¿verdad?
—No fue más que a misa; pronto vendrá.