—¡Ya, ya!—exclamó el joven, poniéndose repentinamente grave y silencioso.

Marta dio fin a su tarea bajo la inspección seria y no muy atenta de su futuro hermano.

—¿Quieres aguardarme? No tardaré en venir...

Ricardo hizo un signo de asentimiento, y mientras la niña estuvo ausente, subió uno de los transparentes de los balcones y se puso a tocar el tambor con los dedos sobre los cristales, posando una mirada vaga y perdida en las casas de la vecindad.

No tardó en presentarse otra vez Marta.

—Anda, vente conmigo; voy a meter ropa en el armario.

Ricardo siguió a la niña como un cordero hasta una habitación clara y llena de armarios que daba a la huerta. En el centro de ella y sobre una mesa se hallaba una gran cesta atestada de ropa recién lavada.

—¿Quieres ayudarme a bajar esta cesta y ponerla aquí cerca del armario?

—¡Pues no faltaba más!

La cesta era enorme y costó trabajo llevarla al sitio designado. Mientras la conducían se les soltó la risa, lo que les obligó más de una vez a dejarla en el suelo.