El joven, con los esfuerzos, se ponía muy colorado, y esto hacía reír de tal modo a la niña que le privaba en absoluto de las fuerzas. Reía pocas veces, mas cuando se le soltaba la llave no había quien la atajase. Ricardo, con sus instintos de clown, procuraba hinchar los carrillos y ponerse aún más colorado. Se le había disipado por completo el mal humor. La cesta no avanzaba poco ni mucho: ambos permanecían inclinados y agarrados a ella sin poder alzarla un dedo del suelo, la una desternillándose de risa y el otro afectando una desesperación cómica.
—¡Qué militar tan valiente que no puede con una cesta de ropa!—exclamaba la niña en el colmo de la alegría.
—¡Quisiera yo ver aquí a Prim y a Espartero y hasta al mismo Napoleón! Esta no es una cesta cualquiera... Hay aquí lencería para un regimiento...
—¡Quita allá! Si no fuese que me haces reír, yo sola era capaz de llevarla.
Después de mucha risa y no poca brega, llegó la cesta a su destino. Marta abrió el armario, del cual se escapó el olor especial, fresco y penetrante de la ropa blanca. La niña lo aspiró algunos momentos con delicia mientras hacía hueco, trasladando las piezas de unos estantes a otros, a la nueva ropa que iba a introducir. Después quiso llamar a Carmen, una de las doncellas, para que le ayudase a estirar las sábanas, pero Ricardo le preguntó tímidamente:
—Oye, chica, ¿no serviría yo para eso?
—¡Oh! Si tú quisieras...
—¡Pues no había de querer!... Oro molido que fuese, preciosa... Tú dispones de mí como reina y señora...
—No será tanto.
—No rebajo nada..., puedes ponerme a prueba.