—¿Y el Menino?

—¡Ay, sí, vamos, vamos!

Entraron en la habitación contigua, que era la de doña Gertrudis, la cual les aseguró que por allí no había parecido casta de Menino alguna, aun cuando ella tuviese en la cabeza una verdadera pajarera que le impedía sosegar un instante; y en su consecuencia pasaron al cuarto inmediato, que era el de Marta. Era una habitación que parecía forrada de espejos, pues todo estaba bruñido allí, desde el pavimento de madera hasta los hierros de los balcones. Lo que no estaba barnizado por mano del ebanista lo estaba a fuerza de trapo. La gran manía de Marta, la que le proporcionaba más alegría y más pesadumbre, era el lustre. Su inclinación exagerada a la limpieza le había llevado por una pendiente rápida a pretender sacar brillo a todos los objetos y muebles de la casa y muy particularmente a los de su cuarto. Todos los días, ayudada de la doncella, los frotaba con una bayeta bien seca, sobándolos con afán incansable hasta lograr que lanzasen vivos reflejos. Entonces, toda sofocada, a veces sudando como un río, con el cabello en desorden y las mejillas encarnadas, levantaba la bayeta y permanecía un rato contemplando su obra, los hermosos destellos que la luz producía en el objeto bruñido, con una satisfacción íntima y verdadera, con entusiasmo casi místico. En casa le daban mucha cantaleta, lo cual hacía que se ocultase para desempeñar esta tarea y que procurase cerrar su cuarto a todo el mundo. Ricardo no había entrado nunca en él. Así que sin pensar en el Menino se puso a contemplarlo con atención curiosa e impertinente. Pasaba revista a los cuadros, se detenía ante el tocador, abría los frascos, palpaba las cortinas y hasta entraba en la alcoba para ver la cama, dejando escapar exclamaciones de asombro por lo bien arreglado que estaba todo y especialmente por el lustre particular de los muebles.

—¡Qué cuarto tan lindo tienes, chica!... Parece una taza de plata... ¡Qué camita tan blanda y tan mona!

—Ricardo, no seas curioso..., anda..., vámonos. El Menino no está aquí.

La niña se sentía turbada por la atención del joven. Todas las mujeres bien nacidas tienen el pudor de su cuarto, si vale la frase; porque hay siempre en él como impregnado algo de lo íntimo de su alma y de su cuerpo que repugna mostrar a un hombre. Pero a este pudor se añadía en Marta la vergüenza de que se descubriesen sus manías infantiles y obstinadas como la del lustre, la de colocar los frascos del tocador con cierta simetría propia de un altar y otras tales que servían a los suyos para embromarla a la hora de comer. Por esto se empeñaba en hacerle salir tirando con fuerza de él.

—Anda, Ricardo..., no hay nada que ver aquí..., vámonos, vámonos...

—Déjame, niña, déjame contemplar esta monada de cuarto... ¡Qué precioso!—y metiendo la nariz por la cama decía con mucha seriedad:—¡Huele a Marta!

—¿Quieres callar, majadero?

—A ti no te costará trabajo conservar tu habitación de este modo; pero lo que es yo te aseguro, chica, que ni con pena de la vida podría tenerla así... ¡Si vieses mi cuarto, Martita!