—No enredes, Ricardo... Cuando venga María y vea sus cosas revueltas se va a enfadar.

—¡Y qué importa que se enfade!—respondió con alguna aspereza el joven.

—Es que me va a echar la culpa a mí.

—Bien, pues dile que he sido yo y asunto arreglado.

Entró en la alcoba, levantó las cortinas del lecho, tomó en la mano los libros que había sobre la mesa de noche, tornó a dejarlos y concluyó por tirar del cajón de la mesilla. Había dentro una porción de objetos hacinados, entre los cuales metió la mano, sacando uno por demás extraño.

Era una cruz ancha de cuero, llena de pinchos de bronce por uno de los lados y con un cordón para colgar al cuello.

—¿Qué es esto?—dijo dándole vueltas en la mano con asombro.

Marta adivinó lo que era.

—¡Déjalo, déjalo por Dios, Ricardo!... Se va a enfadar mucho María...

—¡Jesús, qué barbaridad!... ¡Esto debe de ser un cilicio!