—Puede ser..., pero déjalo, déjalo por Dios.

El joven lo arrojó otra vez con violencia dentro del cajón, haciendo un gesto de desprecio y repugnancia.

—María se ha vuelto loca... ¡Esto es una atrocidad que a nada conduce!

—¡No digas eso, que es pecado!... María es muy virtuosa...

—¡Virtuosa!..., ¡virtuosa!—murmuró con cólera el joven—. También tú lo eres sin necesidad de tales extravagancias...

—¡No me compares a mí con María!

Ricardo se puso a dar paseos por el cuarto, agitadamente y sin pronunciar palabra. Después volvió a la alcoba y tornó a sacar el cilicio del cajón, examinándolo con más cuidado.

—Parece que estos pinchos forman letras... Mira... ¿Tú sabes lo que dicen?

—No, yo no leo nada; será aprensión tuya.

—Sí, sí; aquí hay una inscripción... Pero, en fin, no quiero molestarme descifrándola... Todas estas cosas no son más que ridiculeces... Vámonos, chica, vámonos... Dejemos a cada loco con su tema...