Y cerrando el cajón con enfado salió de la alcoba, seguido de Marta. Al cruzar por delante de una de las ventanas del gabinete, la niña lanzó un grito de sorpresa y alegría:

—¡Mira, mira, Ricardo!..., ¡mira dónde está el Menino!

El joven se abalanzó a la ventana, y vio sobre el tejado de la casa, no a mucha distancia, dando brinquitos de satisfacción, muy orondo y espetado, al Menino en persona.

—¡Qué bribón, adonde se ha ido!... Es menester cogerle... ¿Por dónde se sale al tejado?

—Por aquí no; necesitamos bajar primero a casa y subir luego a la buhardilla.

—Pues, vamos.

Bajaron de la torre y después de atravesar algunas habitaciones tomaron la escalera del desván, que venía a parar a una de ellas. Estaba sumamente obscura y el joven subía con mucho trabajo.

En el segundo tramo dio un tropezón.

—¡Oh, se conoce que no estás acostumbrado!... Te vas a lastimar; dame la mano que yo te guiaré.

Tomó la mano de la niña, que era pequeña, pero firme y segura como la de una amazona. No tenía la suavidad del raso como las de María, porque los trabajos de la casa le habían curtido un poco; en cambio ofrecía la tersura amable de una epidermis rebosando de salud y de sangre. No estaba ardorosa tampoco como aquélla, sino siempre tibia y serena, y apercibida a toda molestia como las de una hija del pueblo.