—¿Se ha ido?

—¡Sí!

—¿Muy lejos?

—Se perdió de vista.

—¡Pues señor, la hemos hecho buena!

Ricardo subió a la ventana, y siguiendo la dirección del dedo de la niña miró y remiró hasta sacarse los ojos, sin ver absolutamente nada que semejase de una legua a canario. Cuando volvió la vista a Marta observó que por sus mejillas rodaba una lágrima.

—¿No te da vergüenza llorar por un pájaro, tonta?

—Tienes razón—repuso la niña, haciendo esfuerzos por reír y secándose la lágrima con el pañuelo—. Pero me había encariñado con él como con una persona... Ya ves..., ¡hacía tres años que le cuidaba!...

VII

EL ALMA Y EL ESPOSO