El rocío de la Gracia seguía cayendo copiosamente sobre el alma de la primogénita de los señores de Elorza. Las virtudes cristianas florecían en ella como rosas místicas henchidas de fragancia, y uno por uno, con la impaciencia y ardor que imprimía a todas sus acciones, iba subiendo los peldaños de la escala de perfección que conduce al cielo. Sus actos de caridad y de humildad no sólo llenaban de asombro a las personas que vivían cerca de ella, sino que se esparcían ya por toda la villa, sirviendo de ejemplo edificante a jóvenes y viejos y de tema a las conversaciones de sacristía. Los ayunos y penitencias de toda clase, cada vez más frecuentes y ásperos, aumentaban el entusiasmo y la seráfica alegría de su alma, pero enflaquecieron al cabo notablemente el cuerpo. Su frágil naturaleza empezaba a rebelarse contra tanta mortificación y a mostrarse dolorida a cada instante, unas veces en el corazón, otras en el estómago, otras en la cabeza, aunque todo lo sufría con una resignación digna de envidia, y sin que la hiciesen cejar en sus santos propósitos. Padecía frecuentes desmayos, que la tenían largo tiempo sin sentido, y fuertes convulsiones. Algunos días, así que tomaba alimento lo devolvía, y en otros se quejaba de agudos dolores de cabeza. Don Máximo comenzó a recetar los preparados de hierro, baños de mar y vino de quina, con cuya medicación algo se mejoró, aunque poco. El doctor concluyó por afirmar que mientras no cambiase enteramente de régimen de vida no desaparecerían estos achaques; pero fue imposible reducirla a ello.
María comenzó a observar con gozo íntimo, del cual se acusaba a su confesor bañada en lágrimas, que infundía admiración y respeto a la gente; que cuando salía a la calle la saludaban algunos con frases de elogio y cuando estaba en la iglesia la miraban todos los fieles con particular insistencia. A sus oídos llegaban, por boca de los criados, muchas frases lisonjeras, que merecían sus virtudes a los sacerdotes más venerables y a las almas más piadosas de la población, y percibiendo en ellas cierto sabor dulce, les prohibió que se las repitiesen. Algunas señoras consultaban con ella sus casos de conciencia, y la hicieron presidenta de una escuela dominical de adultas, a las cuales comenzó a explicar la doctrina y la moral cristianas, con tanta claridad y elocuencia que no había otra cosa de qué hablar. Al segundo domingo se llenó el local que el Ayuntamiento les había cedido en un antiguo convento, no sólo de criadas y jornaleras, para las cuales se había fundado el instituto, sino también de las personas más distinguidas de la villa, ganosas de comprobar lo que la fama decía de la joven. Y en efecto, pudieron cerciorarse de que poseía especiales dotes para la enseñanza; una palabra sencilla y animada, maneras humildes y paciencia nunca desmentida. Las muchachas hicieron notables progresos bajo su dirección. No contenta con esto, suplicó y obtuvo de su padre que le cediese un pabellón que había en la huerta para reunir allí todos los días una docena de niñas huérfanas y enseñarles a leer, escribir y rezar y darles una educación apropiada a su sexo y posición social. La extremada dulzura con que trataba a las discípulas le granjearon pronto su cariño y hasta su adoración.
En todas partes recibía nuestra virtuosa heroína testimonios inexcusables del gran aprecio con que era mirada, pero muy particularmente en la sociedad de devotos y beatas, donde se la consideraba como un faro luminoso que había de reportar ventajas a la religión. En los tiempos de incredulidad a que habíamos llegado, el espectáculo de una joven tan linda, tan instruida y tan principal, consagrada exclusivamente al ejercicio de las virtudes y de los actos religiosos, no podía menos de influir saludablemente en las costumbres de la villa.
Cierta mañana, al retirarse de las gradas del altar, donde acababa de recibir la comunión, ofrecía su rostro tal expresión edificante, que una mujer salió del concurso, y arrodillándose delante de ella le pidió su bendición. María, turbada y confusa, quiso negarse; pero al fin no tuvo más remedio que ceder a sus instancias. En otra ocasión, pasando por uno de los arrabales con Genoveva, otra mujer que estaba a la puerta de una pobre vivienda, con un niño moribundo entre los brazos, le suplicó que le tomase entre los suyos y rezase un padrenuestro por él. María así lo hizo por complacerla, protestando de que ella era una miserable pecadora a quien Dios no podía escuchar; pero el niño, apenas se vio acariciado por tan hermosa mano, comenzó a sonreír y no tardó muchos días en ponerse bueno. Esta maravillosa cura, pregonada por la agradecida madre, hizo gran ruido en el pueblo. Desde entonces la casa de Elorza se vio invadida por una muchedumbre de mujeres que venían con niños enfermos a pedir a la señorita María que los tomase en brazos y los bendijese. Como esto tenía visos de milagro, al decir de la gente, nuestra joven se apresuró a consultar con su confesor si debía continuar cediendo a los ruegos de las afligidas madres, y el sacerdote, después de tomarse un día para reflexionar, le contestó que no veía ningún inconveniente, antes creía que de ello pudieran redundar algunas ventajas a la fe. ¿Cómo es posible, preguntó María, que Dios quiera obrar actos milagrosos por medio de una criatura tan ruin y tan pecadora como yo? A lo cual replicaba el confesor que significaba gran osadía pretender escrutar los altos designios de Dios, y que se abstuviese de hacer tan irrespetuosas consideraciones; que Dios se valía de quien quería para manifestar su santa voluntad, y que de todas suertes, aunque no hubiese en ello milagro, nunca era malo atribuir al poder del supremo Hacedor los bienes que experimentamos, lo mismo en el alma que en el cuerpo. María acataba estas razones y procuraba hacerse digna por todos los medios que estaban a su alcance, por la oración, por la humildad y la penitencia, de aquellas increíbles gracias que Dios ponía en su mano.
Poco a poco, y por virtud del apartamiento a que su vida piadosa la obligaba, iban aflojándose en su alma los lazos terrenales. Principió por huir toda diversión y entretenimiento mundanos, como bailes, teatros y paseos, donde antes brillaba por su hermosura y elegancia, llegando al extremo de aborrecerlos. Abstúvose después de ciertos recreos lícitos como cantar y tocar música profana, jugar a los naipes, correr por la huerta, tomar parte en las tertulias de su casa. En su afán de mortificarse concluyó por no contemplar a menudo el paisaje desde las ventanas de su cuarto y privarse de aspirar el aroma de las flores y el perfume de las esencias. Todavía le quedó, no obstante, y por mucho tiempo el gusto de vestirse con elegancia, lo cual procedía de cierta reflexión que había leído en un libro devoto francés, aconsejando a las jóvenes que no descuidasen el aseo y afeite del cuerpo, pues Dios se complacía en verlas hermosas y saber que para Él solamente se adornaban. Al mismo tiempo que se iba despegando de los placeres de este mundo se amortiguaban en su corazón los sentimientos de amor hacia las criaturas, aun hacia aquellas que más de cerca la tocaban. Comprendiendo que para amar a Dios es indispensable despojarse de los afectos terrenales, porque ningún otro afecto es digno de entrar en un corazón consagrado al Criador, se apartaba cada vez más del cariño, no sólo de su prometido, sino también de sus padres y hermana. Cesaron las frecuentes expansiones de amor que con todos tenía y por donde se revelaba la ternura de su apasionado espíritu. Cuando veía a su padre por la mañana, ya no se arrojaba a su cuello y le cubría de caricias. Con su hermana ya no desahogaba los secretos y pesares de su corazón. A todos los mantenía alejados por una prudente reserva revestida de dulzura y humildad.
El calor que escatimaba a los humanos iba subiendo, no obstante, como perfumado incienso, a un sitio más elevado, a un objeto infinitamente más digno de él. Su corazón no podía permanecer inactivo; necesitaba amar porque era su ley; necesitaba rebosar de entusiasmo por algo, en lo cual pensara en todos los instantes de la vida y a lo que dedicase continuos sacrificios. María no podía apetecer ni amar nada sin sentirse agitada por una fiebre que la consumía. Cuando era niña había amado a otra de la misma edad, morena, de grandes ojos negros y duros, y la había amado con tal pasión que se había convertido en su esclava voluntariamente. La niña de los ojos negros, hija de un pobre menestral de la villa, la trataba con la autoridad de reina y señora, le exigía todos los juguetes de que era poseedora, la obligaba a plegarse a todos su caprichos, la humillaba siempre que quería, y frecuentemente la maltrataba de palabra y de obra, sin que por eso disminuyese poco ni mucho el cariño de su apasionada amiga. En cierta ocasión, estando las dos planchando las enaguas de una muñeca, la cruel muchacha le dijo con cierto tonillo de burla:—Si tanto me quieres, ¿a que no eres capaz de ponerte por mí esta plancha en un brazo? María levantó con decisión la manga del vestido y aplicó la plancha encendida al brazo, ocasionándose una horrible quemadura. Por estas y otras cosas de que don Mariano tuvo noticia, puso en la calle a la amiguita y le prohibió pisar en adelante el portal de su casa, lo cual hizo enfermar a su hija de dolor.
Cuando un corazón es de tal suerte inflamable, su aspiración constante es la de abrasarse y consumirse en algún amor extraordinario, y cuando no lo tiene lo busca como el sediento la fuente de agua cristalina. María lo había buscado y lo había hallado; un amor puro e inmortal, sublime y maravilloso; el amor de un Dios que reduce a polvo los astros y se entrega como un manso cordero al alma enamorada. Este amor, que iba prendiendo cada vez con más violencia en su espíritu, no sólo se manifestaba en actos casi incomprensibles de humildad y mortificación, sino que se escapaba continuamente de sus labios con frases apasionadas que iban a refugiarse como tímidas avecillas en el sagrado Corazón de Jesús. En un principio había orado con admiración respetuosa, con el alma y el cuerpo prosternados, más asustada que enternecida, como el que hace una declaración de amor; pero así que por mil señales manifiestas comprendió que Jesús correspondía a su pasión y se la pagaba con creces, encontró más libertad y elocuencia en sus palabras y una felicidad más firme en todo su ser.
Los momentos más dichosos de su existencia eran los que consagraba a la oración, que más bien era un tierno coloquio de dos enamorados, incomprensible para los que no han sondeado jamás los profundos secretos del amor divino ni han gustado las dulzuras de la unión mística. A fuerza de conversar con Dios, de comunicarle sus más íntimos pensamientos e impresiones y de confesarle con lágrimas todos los días las más leves flaquezas de su conciencia, había llegado a establecer con Él una santa familiaridad llena de dichas y consuelos. A la hora del crepúsculo, cuando cesaba en sus piadosas tareas, que la tenían ocupada todo el día, acostumbraba a recogerse en su cuarto para gozar a su sabor de los regalos y deleites que Jesús le otorgaba en sus fervorosas súplicas como recompensa de los trabajos y mortificaciones del día.
En una tarde plácida y serena de las postrimerías del invierno, María se hallaba en su cuarto haciendo oración, postrada ante la imagen de Jesús. Todas las ventanas estaban abiertas para recoger la luz que ya se iba escapando lentamente. Por la que miraba a la tierra veíase la extensa llanura de prados y las suaves colinas que la circundaban bañadas en un vapor azul que se hacía cada vez más denso hasta convertirse en niebla. Por la que daba a la ría se veía la superficie de ésta tranquila, inmóvil, como si de improviso toda aquella agua se hubiese convertido en piedra. Cerca del Moral había cuatro o cinco montecillos de arena, llamados con propiedad los Arenales, que heridos por los moribundos rayos del sol brillaban como grandes topacios. Ni el más leve ruido turbaba el silencio del gabinete, que en aquel momento semejaba, por lo sombrío y recogido, un gran confesonario.
Una hora larga hacía que la joven conversaba con el Amado de su corazón, sin que ningún pensamiento terrestre se deslizase en su arrobado espíritu. Nunca se sintiera tan abstraída y despegada de la carne y de los intereses mundanos. Todo el calor de su cuerpo se había refugiado en el corazón, que latía con inusitado brío. Tenía los ojos cerrados. Después de haber rezado todas las oraciones que sabía de memoria, algunas compuestas por ella, dejó descansar los labios y se entregó a una suave meditación, donde su fantasía se espació como en un campo infinito esmaltado de flores. Lo mismo el confesor que los libros devotos le aconsejaban que pensase con frecuencia en la cruenta pasión y muerte del Redentor, y así lo había hecho hasta entonces, embargada de dolor y anegada en lágrimas. Se le clavaba en el alma aquel rostro contraído y angustiado de Jesús en la cruz, aquellos ojos entornados y moribundos, donde aun ardían el amor y la bondad eterna de un Dios. Cuando le veía marchar hacia el Calvario, cargado con el pesado leño y caer una, dos y tres veces, rendido de fatiga, sin encontrar en los feroces rostros que le rodeaban una mirada de compasión, sentía anudársele la garganta y estallar el pecho en sollozos. Asistía uno por uno a todos los dolores de Cristo, desde la memorable noche del huerto hasta el instante de cerrar los ojos para siempre entre dos ladrones, víctima de la perfidia de los hombres. Las sublimes palabras de perdón que al expirar pronunció, sonaban en sus oídos como una promesa del cielo y una esperanza de verle aún rodeado de gloria en la otra vida.