Pero en aquel instante su pensamiento huía de las escenas de muerte. En torno de él flotaban imágenes risueñas y gloriosas que le infundían una amable alegría que pocas veces había sentido, acompañada de indecible bienestar corporal. Creía sentir un suavísimo calor que irradiaba del corazón hasta las manos y los pies, como si la sumergiesen en un baño de leche tibia. Al mismo tiempo, unas manos delicadas y fragantes le tenían cerrados los ojos, mientras un hálito dulce le refrescaba la frente. El gabinete de la torre se henchía de vagos y tenues sonidos que su imaginación transformaba en conciertos misteriosos. Estaba tan fuera de sí que no sabía si se hallaba en realidad despierta, por más que conservase todas sus potencias. Poco a poco empezó a perder la voluntad; trató de abrir los ojos y no pudo; trató de separar las manos que tenía cruzadas, y tampoco lo consiguió. Una fuerza superior la ataba, pero tan dulcemente, que por nada en el mundo rompería aquellos lazos. Era un desmayo celestial de todo el ser que la sumía en deleites ignorados por ella hasta entonces. Las lágrimas resbalaban por su rostro como un licor exquisito que bañaba sus labios de dulzura, y desde los labios corría por lo interior de su cuerpo y penetraba en los huesos como unción suavísima, como un gran olor. Este licor la embriagaba y la fortalecía a la vez, y no se cansaba de beberlo. La salud penetraba como un torrente en su marchito cuerpo, prestándole una fuerza incomprensible; entraba en una vida plena y divina donde no existen los dolores, en un letargo extático lleno de molicie, del cual nacían muchedumbre de vagos deseos, como flores que abren su cáliz un instante y difunden por el aire su perfume. Los deseos de su alma también se difundían y apagaban en la inmensa alegría que la embargaba.
Mientras el cuerpo dormía en este dulce enajenamiento de los sentidos, velaba el espíritu con actividad maravillosa. Su memoria estaba bañada de claridad y la imaginación se lanzaba con raudo vuelo dando vuelta a los orbes. En vez de meditar sobre la muerte del Señor, pensaba con íntima complacencia en su adorable vida y recorría todos los pasos completamente embelesada, representándoselos con tal verdad como si realmente hubiese asistido a ellos. Veía primeramente a Jesús naciendo en la gruta de las cercanías de Belén, abrazando con sus tiernos brazos el cuello de la Virgen y sonriendo a los pastores y a los magos que de luengas tierras vinieron a adorarlo. Veíale en seguida transportado a Egipto, recorriendo los desiertos de la Arabia, durmiendo sobre el regazo de su madre debajo de algún árbol o en el fondo de alguna cueva. Después lo encontraba en los pórticos del templo de Jerusalén sentado en medio de los doctores, cuando sólo tenía doce años, con sus largos cabellos de color de bronce y la blanca túnica, que formaba graciosos pliegues hasta cubrirle los pies, asombrando a todos tanto por su belleza sobrehumana como por la profunda sabiduría de sus palabras. Contemplábale en su modesto albergue de Nazareth, en la paz de una vida obscura y contemplativa, nutriendo su divino espíritu de las sublimes verdades que el Eterno Padre le comunicaba en sus frecuentes solitarios paseos. Asistía después a sus primeras predicaciones por la Galilea y al primer milagro con que dio testimonio de su poder infinito en las bodas de Caná. Acompañábale a Cafarnaum, cuando de pie sobre una barca de pescar, mecida suavemente por las olas, dirigía su palabra, más clara que el sol que los alumbraba, más dulce que la brisa de la tarde, a la muchedumbre congregada a la orilla. Volvía con Él a Nazareth, de donde sus rebeldes e ingratos compatriotas le arrojaron sin dejarse vencer de su dulzura y elocuencia. Marchaba a Bethania, donde la santa de su nombre, María Magdalena, y Marta, su hermana, tuvieron la dicha de hospedarle y aquélla de escucharle sentada a sus pies por largo tiempo. En todas partes le veía sereno y hermoso como lo pinta la tradición, con sus ojos azules de inexplicable dulzura, el cutis sonrosado y transparente, la barba apuntada y su dorada cabellera partida por el medio cayendo en ondas sobre los hombros. Los numerosos retratos que había visto, no sólo de su divina persona, sino del país donde las predicaciones se efectuaron, unido a su poderosa fantasía, la transportaban a los tiempos de la Redención, como nadie pudiera imaginarse. Pero donde más se placía su imaginación era en verle entrar triunfante en Jerusalén, seguido de una muchedumbre embriagada de entusiasmo, en medio de hosannas y bendiciones. Entonces su hermoso rostro, que desaparecía casi entre el follaje de los ramos y las palmas, tomaba una expresión divina; sus ojos, tan apacibles, brillaban con el fulgor de la omnipotencia y sus manos se extendían sobre la ciudad, perdonándola de antemano el bárbaro deicidio. ¡Oh, cómo se recreaba su alma con esta escena poética y tierna en que Jesús alcanzó sobre la tierra un poco de la adoración que se le debe! Si ella se hubiese encontrado en aquellos parajes, formaría parte del séquito del Rey de los Reyes y elevaría su voz para aclamarle. La mezcla que había en Él de poder y de humildad, de fuerza y dulzura, la llenaba de entusiasmo y de admiración.
Sabía, no obstante, que la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén repetíase diariamente en un sentido místico; que el divino Señor gozaba más entrando en el alma de sus escogidos que en la ingrata hija de Sión; que el amor era poderoso contra el dueño absoluto de todas las cosas y tenía placer en entregarse a quien se lo profesaba. Mas para ello era necesario amarle mucho, amarle de tal modo que se prefiriesen los dolores y tormentos venidos de su mano a los deleites más exquisitos de la tierra, amarle hasta desfallecer y morir en su presencia y caer rendida a sus pies bajo el imperio de su mirada; era necesario pasar largas horas buscándole en las profundidades del cielo, en el sosiego de la tarde, en la hermosura de las flores, de los pájaros y de todas las criaturas, al lado de los moribundos, en el centro de los dolores y penitencias; era necesario dejar correr las horas en extática oración, sintiendo resbalar las lágrimas y quemar las mejillas; era necesario obedecer a todos, ser la sierva humilde de todos, despegarse de todo lo criado, hasta de sus mismos padres, y aborrecerse a sí misma para ser la amada de Jesús. ¡Así, así le amaba ella! ¡Cuántas horas del día y de la noche había pasado pensando en Él! ¡Cuántas lágrimas había derramado por su causa! ¡Cuántas veces en el silencio de la noche había salido su alma con ansias en amores inflamada como la Esposa del místico Cantar, en busca del Dueño de su corazón! Y cuando de esta manera le buscaba ardiendo en amoroso deseo, nunca dejaba de hallarle. En cierta ocasión, habiendo pasado todo el día curando a los enfermos del hospital, a la hora de acostarse sintió tan gran placer en su alma y en su cuerpo, que faltó poco para que se desmayase. Humillándose delante de alguno también percibía un dejo exquisito. Macerando su cuerpo con áspera disciplina, había sentido más deleite que jamás le había proporcionado el mundo con sus desabridos placeres. De esta suerte Jesús le empezaba a pagar subidamente el amor que le profesaba, transformando para ella en regalo lo que para otros era dolor y penitencia.
Esta última consideración penetró tan agudamente en su espíritu, que la hizo prorrumpir en un sinfín de gracias y bendiciones, que permanecieron encerradas en el corazón sin brotar a los labios. Sus labios estaban mudos, inmóviles como los de la esfinge, sin osar reproducir por medio de sonidos los inefables pensamientos que cruzaban por su mente. Escuchaba dentro de sí mil voces suaves que le hablaban, pero sin comprender lo que decían: sentíase suspendida por unos delicados brazos, que sin cesar la acariciaban y advertía cerca, aunque sin verla, como la presencia de un ser sobrenatural que la consolaba con su aliento. Entonces se persuadió de un modo repentino a que el Señor la amaba. Vio claramente con los ojos del espíritu que el esposo acudía ya a la voz de la esposa y no deseaba más que unirse a ella para enriquecerla y regalarla eternamente. Ya estaba cerca: lo sentía a su lado y se deshacía en ansias de verle; pero Él no se mostraba, no acababa de rendirse a sus tiernas y amorosas súplicas. Como el que muestra una golosina a un niño y se la oculta, y de nuevo se la enseña y torna a ocultársela para encenderle más el apetito, así el divino Esposo la tenía suspensa y embelesada, irritando más y más su deseo. La apasionada estrofa de San Juan de la Cruz acudió a su memoria:
¡Ay, quién podrá sanarme!
Acaba de entregarte ya de vero,
No quieras enviarme
De hoy ya más mensajero,
Que no saben decirme lo que quiero.
Y mil veces la estuvo repitiendo en su interior con una sublime congoja en que le parecía que el alma quería salírsele por la boca. Pero su boca seguía muda. Quería gritar, romper en alabanzas de Jesús, desahogar los ímpetus fervorosos de su pecho, y no le era posible. Sentía una extraña opresión que la mataba con una muerte celestial que no trocara por cien vidas.
Un deseo punzante, ansioso, irresistible se apoderó súbito de su corazón. Jesús, el Rey de las almas, había otorgado a alguna favores que espantaban por los grandes e incomprensibles. A Santa Isabel, después de sus prodigiosos actos de caridad y penitencia, se le había aparecido y le dijo: «Isabel, si tú quieres ser mía, yo quiero ser tuyo también, y nunca separarme de ti». A Santa Catalina de Siena la venía frecuentemente a consolar a su celda, platicaba y paseaba con ella y muchas veces la ayudaba a rezar sus oraciones. A Santa Teresa la tomaba entre sus brazos, sin que pudiese desprenderse y la acariciaba y la besaba. ¡Si ella lograse un regalo parecido! Apenas nació en su mente este pensamiento atrevido se espantó de él y sintió tanta vergüenza que de buen grado se hubiera ocultado debajo de la tierra. ¡Oh, no, Dios mío! ¡Quién era ella para recibir una gracia semejante, otorgada solamente a las mártires de la caridad y a las seráficas vírgenes que brillan en el cielo como claros luceros! ¡Perdón, Jesús mío, perdón!
Mas aquel osado deseo no quiso apartarse de su espíritu y continuó persiguiéndola sin que a pesar de muchos esfuerzos lograse desecharlo. Ella no era digna de tanta gloria, bien lo sabía, pero su deseo era hijo del amor que el divino Jesús le había infundido en el pecho; de suerte que no era ella, sino el mismo Jesús el autor de este deseo. Si no la hubiese abrasado en su celestial afecto y empezado a otorgar favores tan gratos como inmerecidos, nunca le hubiera venido a la cabeza idea tan disparatada. No, no pedía tanta gracia, tanto consuelo; le bastaba con lo que Jesús se dignase darle, con algunas migajitas de su amor inmortal. Se consideraría la más dichosa de las vírgenes del cielo si al cabo de largos años de oración y penitencia, de amarguras y tribulaciones, Jesús le consintiera poner los labios una sola vez en su divino rostro. ¿Oh Jesús mío, será pecado el pedir esto? ¿Podrá merecer jamás esta ruin criatura un gozo tan infinito?
Alzó los ojos. Jesús, con su nimbo dorado que brillaba entre las sombras reflejando la última y triste claridad de la ventana, y su luenga túnica de infinitos pliegues, extendía las manos hacia ella, clavándole al mismo tiempo una mirada dulce y profunda. Corrió por sus venas una sensación de frío cual si se sintiera próxima a la muerte; pero al instante fue substituida por otra de calor intenso que la hizo sudar por todos los poros del cuerpo. Comprendía vagamente que se estaba efectuando un adorable misterio a su vista, y un santo temor la sobrecogió. El gabinete estaba envuelto en la sombra: las ventanas parecían grandes ojos opacos que miraban por sus muros. Un enternecimiento suave y lánguido apoderose de su ser y la inundó de felicidad. Desapareció el temor. Entraba en ella la certidumbre de ser querida por Jesús, de ser la amada de un Dios. La ternura, la admiración, la dicha rebosaban de su pecho y ya no pudo apartar los ojos de los del Señor, bebiendo en ellos el misterio e inefable deleite de la gloria.
El mismo deseo se presentó de nuevo en su mente. Esta vez lo formuló con palabras, cuyo aliento cálido resbaló por sus manos cruzadas delante de la boca.