—Jesús mío, ¿permitiréis a vuestra sierva poner los labios en vuestra divina persona?

Jesús se inclinó aún más. María sintió que los cabellos se le erizaban y el corazón quería salírsele del pecho. Jesús había hablado. Su voz penetró como una música en el alma de la joven, que se creyó muerta y trasladada al cielo.

Jesús había dicho:

Levántate, amiga mía, hermosa mía, y ven.

—¡Señor, yo no soy digna!—exclamó María con un grito de angustia y de dicha a la vez.

Jesús volvió a decir:

Toda eres hermosa, amiga mía, y en ti no hay mancha.

—¡Jesús mío, os amo sobre todas las cosas!

Paloma mía, muéstrame tu rostro, suene tu voz en mis oídos, porque tu voz es dulce y tu rostro hermoso—replicó Jesús inclinándose todavía más.

Entonces la joven, arrebatada de gloria y entusiasmo, se abrazó a las rodillas del Señor y las inundó de lágrimas, diciendo entre sollozos, como la esposa del texto sagrado: