Por detrás de los árboles y al través de los setos se veía algún fauno o sátiro de piedra, deteriorado, con grandes manchas verdes por las espaldas musculosas, arrojando agua por narices y boca; en esta agradable ocupación había pasado toda su vida. Las flores no tenían en el jardín de Elorza los monstruosos privilegios que suelen gozar en los flamantes parques modernos, sino que se habían establecido en un pie de igualdad con las modestas cuanto suculentas legumbres. Al lado de un grupo o cesto de dalias crecía una esparraguera, y a la vista de un magnífico macizo de cannas índicas y calladium prosperaba un bosque de alcachofas y un cuadro de berzas de la Alsacia. En una de las esquinas había un gran tendejón donde yacían hacinados muebles viejos de la casa, algunos coches estropeados, aperos de jardinería, etc., etc. Circundaba toda la huerta una tapia de bastante espesor y elevación por donde trepaban la yedra y la madreselva cautelosamente hasta asomar sus hojas por encima como pilluelos que entrasen a robar fruta y tratasen antes de espiar al jardinero. Sobre uno de los lienzos de la tapia se alzaban los palos de los barcos del muelle, que con sus numerosos cables, enlazándose y cruzándose en todos sentidos, semejaban de lejos arañas monstruosas. Una gran puerta enrejada de hierro ponía en comunicación a la huerta con el muelle.
La hija menor de los dueños de esta huerta se hallaba una mañana en ella cortando flores con las tijeras que pendían de su cintura y colocándolas después con mucha delicadeza en un cestillo de mimbre. Las iba eligiendo de un lado y de otro, parándose a veces a reflexionar delante de algunas, y dejándolas intactas para ir en seguida hacia otras y volver más tarde a las primeras, dando un sinfín de vueltas en todas direcciones con paso vacilante. Se hallaba tan embebida en las profundidades de alguna combinación referente al ramo de jardinería, que se dejaba tostar sin piedad por un magnífico sol iracundo y soberbio, como pocas veces solía estarlo. Desde la última vez que la vimos había experimentado en su figura algún leve cambio, no muy fácil de definir. Acababa de cumplir los catorce años. Su desarrollo físico, siempre exuberante y vigoroso, había dado una sacudida en los últimos tres meses, no estirándola y enflaqueciéndola a la par, como sucede generalmente con las niñas en esta edad, sino acabando de modelarla como un hermoso juguete. Marta iba a quedarse pequeñita. La naturaleza estaba dando los últimos toques a su figura, abultando la línea de su cadera, redondeando sus brazos, hinchando su seno virginal y perfilando la elipse de su rostro, sin acordarse para nada de otorgarle tres dedos más de estatura, que eran los que le hacían falta. Por eso un teniente de caballería andaluz, al hacerle un favor y un disfavor en el juego de prendas, le había dicho recientemente: «—Ez uzté mu bonita, pero ez uzté mu redondita». Y esto había servido para que los amigos de la casa la llamasen festivamente la redondita y la mareasen a la continua con el «ez uzté mu bonita, etcétera». La expresión del rostro continuaba siendo tan plácida, tan grave y dulce como antes. No obstante, sus grandes ojos negros, serenos y límpidos, que, como hemos dicho, ofrecían cierta singular inmovilidad semejante a la de los que padecen de gota serena, adquirían un movimiento tan sosegado y tan dulce que una de las señoritas de Ciudad, la misma que la había presentado al ingeniero Suárez, no pudo menos de exclamar la noche anterior:
—¿No repara usted qué mirada tan suave tiene Martita?
—En efecto—repuso el ingeniero—, esa niña parece que acaricia con los ojos cuanto mira.
Al mismo tiempo propendían a quedársele húmedos, lo cual aumentaba aún más su brillo y su ternura. Vestía en aquel momento un traje morado obscuro extremadamente ceñido y plegado al cuerpo, y si bien, a petición suya, se los hacían ya un poco más largos, todavía al bajarse para cortar las flores enseñaba gran parte de unas espléndidas y bien torneadas pantorrillas, que corrían pareja con los brazos de marras.
Después que hubo cortado, a su juicio, las suficientes flores, fue a sentarse en un banco de piedra a la sombra, y poniendo el cesto a su lado y sacando un ovillo de hilo, se dispuso con gran calma a hacer un ramillete. Tomó primero una magnífica rosa blanca de las llamadas de té, le quitó todas las espinas y foliolos y ató en torno suyo una serie de hojas de malva. Al llegar a este punto de la operación apareció Ricardo. Marta levantó la cabeza al oír los pasos y la bajó rápidamente para continuar su obra.
—Te andaba buscando, Martita.
—¿Para?
—Para nada..., para verte... ¿Te parece poco?
—Si no es más, me parece poco, sí.