—¿Acaso no quieres que te vea?
—No digo eso..., pero como no hace aún veinticuatro horas que has estado en casa...
—De todos modos tenía ganas de verte.
Marta calló y siguió su tarea poniendo en torno de la rosa y apoyados en las hojas de malva tres pensamientos obscuros. Ricardo había cambiado también un poco desde la última vez que le vimos. Su rostro estaba levemente descaecido, y a la ordinaria expresión de alegría había sucedido otra como de fatiga, que a veces rayaba en triste y amarga. Indudablemente no había sido muy feliz en los últimos meses. Ya sabemos que no tenía motivos para serlo. La perpetua lucha que necesitaba sostener con los escrúpulos de María y el desvío sincero o fingido que observaba en ella constituían un disgusto sordo y continuado que le amargaba la existencia. Los breves ratos en que conseguía hablar con su adorada, en vez de dedicarlos a las dulces expansiones del amor, se pasaban ordinariamente en reyertas y reconvenciones o cuando menos en largos discursos suasorios de la una y la otra parte; Ricardo convenciendo a María de que sus prácticas piadosas eran una exageración incompatible con la naturaleza humana; María tratando de persuadir a Ricardo a que abandonase las frivolidades del mundo y emprendiese el camino de la virtud, que es el de la salvación.
Después que hubo contemplado silenciosamente por un momento la obra de Marta, le preguntó:
—Para María, que quiere empezar esta tarde sus flores a la Virgen. Me ha pedido que le hiciese dos y ya tengo uno en casa.
Un relámpago de alegría pasó por los ojos del joven al oír el nombre de su amada y empezó a interesarse en el arreglo del ramillete. Marta notó perfectamente la alegría y el interés de su futuro hermano.
Entre los tres pensamientos colocó tres claveles, uno rojo, otro de color de rosa y otro blanco. Después tomó algunas hojas de almoraduj y rosal, y ciñó con ellas el naciente ramo. En seguida colocó alrededor una faja de margaritas alternando los colores: encarnada, blanca, azul y jaspeada.
—Ahora debes poner más claveles—apuntó Ricardo con la osadía del ignorante.