—Cállate, Ricardo; no sabes lo que dices... Ahora se pone un relleno de almoraduj y malva para que las margaritas tengan donde apoyarse... Es necesario que las flores vayan sueltas y no se toquen unas a otras para que cada cual conserve su forma dentro del ramo... ¿Lo ves?... Ahora ya puede agregarse una faja de rosas sin temor de chafar las margaritas, una blanca, otra encarnada..., una blanca..., otra encarnada... Basta...

El hilo daba vueltas entre sus dedos, apretando suavemente las flores. El ramillete iba tomando una forma piramidal bien proporcionada. Ricardo, al dirigir la vista al cestillo, vio unos geranios de color rojo extremadamente vivo y exclamó:

—¡Oh qué geranios tan hermosos!... Este color tan vivo debe convenirte muy bien, Martita... Ponte uno en el pelo...

La niña, sin hacerse de rogar, cogió el que le presentaba y se lo colocó entre sus negros cabellos por encima de la oreja. Esta combinación tan vulgar de lo negro con lo encarnado que todas las niñas conocen se manifestó más armoniosa que otras veces por la intensidad excepcional tanto de lo obscuro como de lo rojo. El geranio, al trasladarse a aquel sitio, pareció haber cumplido su destino en la tierra, brillando más hermoso y satisfecho que nunca.

Ricardo contempló la cabeza de Marta con verdadera admiración, mientras por los labios y los ojos de ésta vagaba una inocente sonrisa de triunfo.

En torno de las rosas colocó en vez del relleno verde de almoraduj y malva otro de alelíes blancos y morados y en seguida una faja de geranios de todos colores, combinándolos graciosamente. Estaba hecho el ramillete. Para cerrarlo cogió algunos puñados de tomillo y los fue agregando a fin de que le sirviesen de apoyo. Las flores todas, artísticamente combinadas, aparecían sueltas, ostentando cada cual su propia forma perfectamente unidas al todo.

Marta levantó el ramo en alto, diciendo con orgullo infantil:

—¿No está bien?..., ¿no está bien?

—¡Admirable!..., ¡admirable!—prorrumpió Ricardo, y en el colmo del entusiasmo tomó el ramo, le dio una porción de vueltas y poniéndolo después en el cestillo cogió una mano de la niña y se la llevó a los labios.

Marta se puso tan encarnada como el geranio que llevaba en el pelo y la retiró velozmente. Ricardo, mirándola con sonrisa burlona, le dijo: