—¿Qué es eso, señorita? ¿Qué es eso? ¿Se avergüenza usted ya de que le besen una mano cuando no hace todavía cuatro meses que la besábamos todos en la mejilla?... No paso por ello... De ningún modo paso por ello...
Y tomándole a la fuerza las dos manos empezó a repartir besos en ellas a toda prisa sin darse punto de descanso hasta que creyó percibir algo raro sobre su cabeza y la levantó. Marta estaba llorando. La sorpresa del joven fue tan grande que soltó las manos sin decir palabra. La niña se tapó con ellas la cara y comenzó a sollozar con vivo sentimiento.
—Martita, ¿qué te pasa?... ¿Qué tienes?—le preguntó todo asustado, bajándose para verle el rostro.
—Nada, nada..., déjame.
—¿Pero por qué lloras?... ¿Te he lastimado?... ¿Te he ofendido?...
—No, no..., déjame, Ricardo..., déjame, por Dios.
Y levantándose del banco echó a correr en dirección de la casa, limpiándose los ojos. Ricardo la vio alejarse, cada vez más sorprendido, y permaneció algún tiempo en el banco tratando inútilmente de explicarse la conducta de la niña. Después se levantó y comenzó a pasear por la huerta. Al cabo de un rato se había olvidado enteramente del llanto de Marta. Otras memorias más punzantes vinieron a turbarle el ánimo y a embeber su atención. Una hora lo menos pasó dando vueltas por el parque meditando en ellas, cuando al cruzar por delante del banco donde estuviera sentado con la niña se fijó en que el ramo de ésta aun permanecía dentro del cesto, como lo había dejado, y ocurriéndosele que no estaba bien allí quiso llevarlo a casa. A la primera sirvienta con quien tropezó le preguntó dónde se hallaba la señorita.
—Me parece que debe de estar en la habitación de la señora.
Se encaminó hacia allá. A la puerta misma del cuarto de doña Gertrudis encontró a Marta, que salía de evacuar sin duda algún encargo de su madre. La niña, que aun llevaba el geranio rojo en el pelo, así que le vio dirigiole una sonrisa dulce, con señales de hallarse avergonzada.
—¿Estás enfadada todavía, Martita?—le preguntó en voz baja.