—Nunca lo estuve, Ricardo.

—¿Y aquel lloriqueo?...

—No sé yo misma lo que ha sido... Hace algunos días que no me encuentro bien... y sin saber por qué se me sueltan las lágrimas...

—Pues lo celebro en el alma, preciosa. No puedes figurarte lo que sentía haberte disgustado.

—¡Bah!...

—¡Y con qué sentimiento llorabas!... Creí que te pasaba algo grave de veras... ¿Has tenido algún disgusto hoy?

—No, no, no he tenido nada. Vuelvo en seguida... Hasta ahora.

El marqués de Peñalta entró en el cuarto de doña Gertrudis, donde se hallaban a la sazón conversando don Mariano y don Máximo, que no manifestaban de modo alguno en su rostro la zozobra angustiosa, la palidez y el espanto de los que presencian la agonía de un moribundo; lo cual irritaba de tal manera a doña Gertrudis, que casi se hubiera alegrado de morir en aquel momento sólo por darles un susto. Estaba, como siempre, arrellanada en su butaca, tapadas las piernas y los pies con una magnífica piel de cabra selvática, repartiendo miradas de amarga desolación entre el cielo raso y una copa de leche que tenía en la mano. De vez en cuando la acercaba a los labios y tragaba parte de su contenido alzando en seguida los ojos y exclamando interiormente: «¡Dios mío, que pase de mí este cáliz!» Tal vez que otra posábalos también con inefable serenidad en sus verdugos, expresándoles de una manera conmovedora que si Dios les perdonaba su crueldad, ella, por su parte, no tenía inconveniente en otorgarles un amplio y generoso perdón; aunque mucho dudaba que el Supremo Hacedor se lo concediera.

Ricardo fue a sentarse cerca de los verdugos sin ceremonia alguna, porque ya había tenido ocasión aquella mañana de disertar profundamente una buena hora sobre los nervios de doña Gertrudis. Ésta, haciéndose cargo de que quien alterna con delincuentes está muy expuesto a caer en el crimen, le comprendió de antemano en la omnímoda y liberal amnistía que tenía decretada a favor de sus malhechores.

—Yo no consentiría ni periódicos facciosos como La Tradición, ni autoridades que no obedeciesen puntual e incondicionalmente al Gobierno, don Máximo.