Ricardo no oyó bien las últimas palabras de don Máximo porque estaba saludando con sonrisa apasionada a María, que entraba a la sazón. Después que se hubo sentado cerca de doña Gertrudis y cambiado con él algunas miradas, fue cuando se acordó de la pregunta que le dirigían.
—¿Qué decía usted, don Máximo?
—Que yo no creo que los carlistas intenten nada contra la Fábrica... Sería una empresa ridícula.
—¡Oh!, no tanto..., no tanto como usted se figura, don Máximo... Hoy por hoy con la escasa guarnición que tenemos no sería un imposible ni mucho menos el sorprenderla... ¡Cuántas veces he pensado, haciendo la guardia de noche, que treinta hombres decididos me podían poner en un apuro!... Si lograsen entrar, la cosa estaba resuelta, bien pueden ustedes creerlo...
—¿Lo oye usted, hombre inconvencible, lo oye usted?... Ya verá usted cómo nos hemos de acordar de Santa Bárbara después que caigan rayos y centellas... Pero escucha una cosa, Ricardo, ¿por qué no aprovecháis para la defensa de la Fábrica los últimos adelantos que se han hecho en la luz eléctrica?
—¿Cómo?
—A mí se me figura que colocando en distintos parajes de ella unos cuantos focos de luz eléctrica que el oficial de guardia pudiese encender con sólo apretar un botón, se podría evitar muy bien el peligro de una sorpresa; y si al mismo tiempo se colgasen una buena cantidad de campanas poderosas, movidas igualmente por la electricidad, que produjesen alarma instantánea en la población y despertasen a los obreros, que por lo común viven cerca... Martita, ¿qué tienes?—exclamó de improviso cortando el hilo del discurso.
Todos acudieron a ella. La niña, que continuaba sentada sobre las rodillas de Ricardo, se había ido poniendo pálida sin que nadie se hiciese cargo. Cuando don Mariano se fijó en ella, casualmente, estaba blanca como el papel.
—¿Qué te pasa, hija mía?
—¿Qué tienes, Martita?