—Me siento un poco mal. Dadme un vaso de agua. María corrió por ella. Don Máximo le tomó el pulso y dijo:

—No es más que un amago de vahído, que se cortará con el agua.

En efecto, después que la bebió y se hubo sentado en el sofá empezó a serenarse, y a los pocos minutos ya estaba completamente bien. Siguió la conversación.

IX

EXCURSIÓN AL MORAL Y A LA ISLA

Quince días por lo menos se habló de la excursión al Moral y a la Isla. Durante el invierno las jóvenes tertulianas de la casa de Elorza habían querido formar un capital, con los productos de la aduana y lotería, destinado a sufragar los gastos. Don Mariano las dejó formarlo, sonriendo bellacamente cada vez que le participaban el estado de la caja. Mas cuando llegó la época fijada para la excursión, a presencia de toda la tertulia tomó el puñado de plata del cajoncito donde se guardaba y se lo entregó al cura de Nieva para que lo repartiese entre los feligreses que más lo necesitaran.

—¿Pues qué—exclamó el noble caballero al mismo tiempo—; no es cien veces mejor dedicar este dinero a matar el hambre en algunos pobres, que a un pasatiempo frívolo y excusado?

—Es cierto, es cierto—dijeron las niñas poniendo una cara que no hacía, en verdad, recordar las puras satisfacciones de la virtud y las alegrías del justo.

Aquella noche se habló, se cantó y se bailó poco en la tertulia de Elorza. La virtud, severa por naturaleza, no gusta de manifestaciones ruidosas. Muchachos y muchachas expresaban la íntima y pura satisfacción que aquel sacrificio les había inspirado con una inefable serenidad que los tenía mudos y quietos la mayor parte del tiempo, cual si meditasen profundamente sobre algún texto del Evangelio.

Grande, pues, debió ser el disgusto que sintieron todos cuando don Mariano les dijo a última hora: