—Señoras y señores: el jueves, a las ocho de la mañana, agradecería a ustedes en el alma que diesen una vuelta por el muelle convenientemente provistos de sombrero, quitasol, abrigo, etcétera. Nada más fácil que a esa hora los marineros de mi falúa se empeñen en llevarnos al Moral, y como ustedes comprenden no sería cortés el desairarlos.
La tertulia deploró esta determinación que la privaba de sacrificarse por la fraternidad universal, con risa inextinguible, voces y movimientos desordenados:—«¡Qué don Mariano éste!—¡Siempre ha de tener esas bromas!—El jueves, el jueves, ¿qué tengo yo que hacer el jueves? ¡Ah, me parece que nada!—¿Llevaremos el impermeable? Yo creo que basta con el abrigo, etcétera.»
Y en efecto, el jueves a las ocho de la mañana, la falúa de don Mariano y la de la Sanidad, limpias y aderezadas como dos muchachas en día de romería, aguardaban impacientes a la gente cabeceando una al lado de otra en el atracadero del muelle. Cuatro marineros daban la última mano en cada una al arreglo del aparejo, dirigiendo de vez en cuando miradas escrutadoras ora a la ría, bien a las calles que desembocaban en el muelle. Los señores no aparecían y la marea ya había bajado dos pies y medio. Alguno de los marineros expresaba sus impresiones desagradables por la tardanza con un rugido no bastante fashionable. Últimamente apareció un grupo abigarrado de damas y caballeros, donde predominaban los sombreros de paja y las manteletas encarnadas, y el viejo lobo marino que acababa de jurar como un carretero, blasfemó otra vez de puro satisfecho y colocó una tabla entre el atracadero y la falúa para que pasase la gente. El primero que saltó fue don Mariano. La falúa se inclinó blandamente sobre un costado al recibir el peso de su amo, como si le hiciese una reverencia cariñosa. Las niñas todas, incluyendo por supuesto a las señoritas de Delgado, fueron saltando después, apoyadas en la atlética mano de don Mariano; los caballeros las siguieron. Una vez llena la primera falúa, pasose a cargar la segunda, que a su vez no tardó también en llenarse. En la primera iban, entre otras personas distinguidas, las dos señoritas de Delgado con su hermana la viuda, que iba autorizándolas con su presencia; las de Merino con su hermano Bonifacio, el más complaciente de todos los hermanos; tres o cuatro oficiales de la Fábrica, don Mariano, don Máximo, Martita y Ricardo. María no iba por impedírselo el hábito que había ofrecido con voto de no asistir a ninguna fiesta. Tampoco los achaques de doña Gertrudis la dejaban tomar parte en la excursión. En la segunda se hallaba ya bien acomodada nuestra amiga, la simpática y vivaracha señorita de Mory, escrutada de cerca por los ojos saltones del ilustrado Isidorito. También pudimos distinguir entre otras una jovencita muy linda llamada Rosario, con quien el pollo que está a su lado no había podido bailar la noche del sarao de Elorza a causa de la guerra que el pianista tenía declarada a las mazurcas. Los marineros iban ya a zafar los cables para emprender la marcha, cuando de una de las falúas salió una voz preguntando:
—¿Y las de Ciudad?
Faltaban las de Ciudad. Don Mariano y el médico de la Sanidad quedaron consternados al oír este nombre que envolvía un guarismo tan respetable. Antes de que pudieran salir de su consternación ya habían aparecido por una de las bocacalles del muelle las seis señoritas acompañadas por su papá, su mamá, el ingeniero Suárez y dos hermanitos de menor edad. En las falúas ya era imposible acomodar tanta gente: fue necesario buscar otra y tripularla con los primeros marineros que se hallaron, entre lo cual se perdió un tiempo precioso. Mas al fin, como todo se arregla en este mundo menos la muerte, las señoritas de Ciudad con sus adyacentes quedaron bien empaquetadas en una embarcación destinada a la pesca, y el patrón de la Sanidad pudo dar señal de marcha. Los doce remos de las falúas empezaron a caer acompasadamente en el agua con chapoteo lánguido, como brazos que se esperezan.
La superficie de la ría estaba tersa, inmóvil y brillante, como la de un espejo: la luz proyectaba sobre ella algunas extensas manchas argentadas hacia el centro y otras obscuras en los bordes. El cielo se presentaba velado por un levísimo toldo de nubes que hacían soberbia competencia a los quitasoles y sombreros de las señoras. Sólo una tenue brisa cargada con los acres olores de los pinos de la orilla venía a besar tímidamente la espalda turgente de las aguas y los cuellos no menos turgentes y frescos de las señoras. No era todavía una brisa legítimamente marinera sino mestiza, con las cualidades de mar y tierra.
Los remos cobraron al fin toda su agilidad y removieron airados con sus palmas el cristal de las aguas, produciendo en ellas remolinos fugaces y espumosos. Todos los semblantes expresaban la cándida alegría que comunica el movimiento y el espectáculo siempre nuevo y hermoso de la naturaleza. Las jóvenes inclinadas sobre el carel de la embarcación sumergían con deleite las manos en el agua, dejándola deslizarse con ruido entre sus blancos dedos ceñidos de sortijas, charlaban, gritaban, reían y se apostrofaban de una embarcación a otra. Los muchachos les salpicaban el rostro con los bastones y se inclinaban de repente sobre un costado para asustarlas, complaciéndose grandemente con sus gritos desesperados. Todo era ruido y algazara en la diminuta escuadrilla. Según avanzaba hacia El Moral, las cualidades marineras de la brisa fueron sobrepujando a las terrestres: se hizo más intensa, llegando hasta soplar con violencia en algunos parajes, cuando las falúas pasaban frente a alguna cañada formada por las colinas o lomas que cerraban la cuenca de la ría. Las cintas de los sombreros, los gallardetes de los palos de popa, los pañuelos y las corbatas comenzaron a tremolar vivamente. Los viajeros sintieron el dulce ensordecimiento que produce el viento agudo del mar, nutrido de sales. Algunos pajaritos acuáticos de poca importancia salieron de una de las orillas y pasaron volando sobre las falúas, lo cual fue causa para que don Serapio, en un rapto de entusiasmo marítimo, se pusiese en pie sobre la popa y agarrado al palo de la bandera entonase como un energúmeno la canción que empieza:
Al ver en la inmensa llanura del mar
Las aves marinas con rumbo hacia acá,
siguiendo envidioso su vuelo fugaz, etcétera.
Si la ría pudiera ruborizarse no dejaría de hacerlo al oírse calificar tan hiperbólicamente de inmensa llanura, si no es que creyéndolo broma de mal género lo echase a mala parte y se enojase seriamente. De todos modos, el viento se encargó de vengarla arrebatando de improviso el sombrero del inspirado cantante y cortando el arroyuelo, por no decir el torrente, de su voz. La falúa que venía detrás lo recogió y lo entregó muy bien remojadito a su dueño, que no manifestó deseos por el momento de seguir apostrofando a las aves marinas.
La escuadrilla continuaba acercándose al puñado de casas de El Moral, que distaban de Nieva legua y media próximamente. La villa se iba alejando cada vez más de nuestros viajeros, ofreciendo a sus ojos un espectáculo hermoso. Estaba asentada en la misma falda de una montaña no muy elevada, guarnecida por todos lados de huertas frondosas y bosques de laurel y naranjo. Su blanco caserío parecía colocado en tal sitio por una mano de artista amiga de combinar los recursos de la naturaleza para producir la emoción estética, como diría un revistero de teatros. La blancura deslumbrante de la villa resaltaba sobre el verde obscuro de la montaña como un gran pedazo de nieve desprendido de la cúspide. La sábana argentada de la ría extendiéndose a sus pies esperaba inmóvil y sumisa que viniera a caer en su seno. Las suaves colinas vestidas de pinos que bordeaban las orillas y que nuestros viajeros iban dejando atrás una en pos de otra semejaban lomos erizados de animales monstruosos y fantásticos.