—Pues yo sé perfectamente lo que siento y lo que no siento.

—¡Oh! no, señorita; permítame usted que le diga que no lo puede saber.

—¡Hombre, tiene gracia! ¿No he de saber yo lo que siento?... Pues entonces lo sabrá usted...

—Quizá lo sepa mejor. La observación de sí mismo, según todos los filósofos y moralistas, es más difícil que la de los demás, y son pocos los que logran conocerse bien. Por otra parte, la juventud es irreflexiva de suyo y, sobre todo, las mujeres no saben darse cuenta cabal de sus inclinaciones y de las vagas emociones que cruzan por su corazón.

—Mire usted; las mujeres son como Dios las crió, y los hombres también.

—No lo dudo; pero Dios las ha criado así, con una capacidad sensitiva (si vale expresarse de esta suerte) más viva y delicada que la de los hombres. Se puede decir que han nacido exclusivamente para el amor y que el amor debe llenar su existencia. El amor y las consecuencias que de él se desprenden constituyen el primer fin de la unión conyugal o sea del matrimonio. Tal es lo que se encuentra establecido en todas las legislaciones y muy particularmente en la canónica, que es la fuente más pura de todas ellas. La mujer, por consiguiente, obra más bien impulsada por la fantasía y el sentimiento, que por la razón...

—¡Jesús, cuántas cosas sabe Isidorito de las pobres mujeres!—exclamó la señorita de Mory en tono entre irritado y burlón.

El fiscal municipal quedó un poco acortado, pero al cabo prosiguió diciendo sin dejar la seudosonrisa que le atormentaba la cara:

—Siendo, por tanto, el amor el móvil más poderoso, por no decir el único, de la vida de la mujer, nada tiene de particular que haya supuesto que una joven como usted se encuentre agitada por ese sentimiento omnipotente y pague tributo a lo que constituye una ley indeclinable de la vida. Vea usted ahora cómo no andaba descaminado al afirmar que tal vez necesitase usted refrescar el corazón o, lo que es igual, aligerarlo de alguna impresión demasiado punzante.

—¡Ay Dios, qué pesado!—dijo la señorita de Mory en voz baja; y en alta voz repuso—: Pues se equivoca usted de medio a medio, Isidorito; nada me pincha ni me punza por ahora.