—Permítame usted que lo dude.
—Es usted muy dueño de dudarlo, pero le aseguro que lo sé de muy buena tinta.
—De todos modos, en buena lógica, por más que usted asegure lo contrario, no hay posibilidad de sostener una afirmación semejante. No sólo la razón y el buen sentido se oponen a ello, sino que de la observación más superficial de los hechos resulta: primero, que el amor es un sentimiento natural y constante en las jóvenes; segundo, que en usted no existen motivos para sustraerse a él, y tercero, que el hecho de dormir poco y agitadamente hace muy verosímil la suposición de que usted se encuentra enamorada.
La señorita de Mory se encogió de hombros, hizo una mueca desdeñosa con los labios y sin dignarse responder entabló conversación con su amiga Rosario.
Isidorito había triunfado, como siempre, de su contrario. Porque para el joven fiscal la mujer con quien hablara era su contrario y se creía en el caso de envolverla en los pliegues de su lógica y estrecharla de cerca hasta que la rendía lo mismo que a un litigante rebelde. De este modo pensaba captarse la admiración y el respeto del sexo femenino. Mas el sexo femenino (dicho sea en su desdoro) no sólo no admiraba a Isidorito por su lógica contundente, por su formalidad y por sus vastos conocimientos jurídicos, sino que le miraba con marcada ojeriza y huía su conversación cual si se tratase de un ruido enfadoso.
La señorita de Mory, con quien había sostenido controversias reñidísimas sobre la naturaleza del amor y la amistad, las dulzuras del recuerdo, las amarguras del olvido, la simpatía y todo lo demás referente al corazón, en las cuales siempre salía, por de contado, victorioso, había llegado a aborrecerle de muerte. Así que nuestro sensato joven se hallaba a más de cien leguas de los tres mil duros de renta de la graciosa heredera cuando creía estar tocándolos ya con la punta de los dedos. Su formalidad jamás desmentida, su elocuencia reposada y serena, sus levitas prolongadas, sus ideas de orden y su jurisprudencia se habían estrellado contra una prevención tan cruel como injustificada.
EN LA FALÚA DE LAS DE CIUDAD.—¡María Julia, Consuelo, mirad qué bonito hace el agua metiendo la mano dentro!
—¡Lindísimo!
—Se va usted a mojar el vestido, Amparo.
—¡Mire usted qué penachitos blancos tan monos salen por entre los dedos, Suárez!