—Preciosos..., pero se va usted a mojar la manga del vestido.
—Aguarde usted un poco... Me la voy a remangar... Ea, ya está bien... Mire usted, mire usted...
—Todavía me parece que se moja... Levántela usted un poquito más...
—¿Más?
—Sí.
—¡Pero me voy a descubrir todo el brazo!
—¡Qué importa!
—Tiene usted razón; el tiempo no está para constiparse. Ahora me parece que ya queda bien... ¡Huy, qué fría está el agua!... ¡En la mano no se nota, pero en los brazos!... Mire usted, mire usted cómo salta... Poniendo la palma de la mano contra la corriente se sube por el brazo arriba... ¿No ve usted qué hermosa y transparente está hoy?...
—Hablando con franqueza le diré—murmuró el ingeniero al oído de Amparo—que en este momento me llama más la atención su lindo brazo.
—Si no se calla usted, pícaro, le sacudo el agua en la cara—manifestó la niña en medio de castas contorsiones.