—No, no tengo celos—respondió la niña esforzándose por sonreir,—sino que me ha dado ahora una pena sin saber por qué... ¡Era tan feliz hace un momento!
—¡Y lo mismo lo eres ahora, aprensiva!—dijo abrazándola.—¿No es verdad que lo eres?... Díme que sí... Unas cuantas bromas con esa chicuela desvergonzada ¿bastarían para destruir tu felicidad? Eso no tiene sentido común...
Pocas más palabras necesitó para desvanecer la penosa impresión de su mujer, la cual, limpiándose los ojos, exclamó con voz temblorosa arrancada del corazón:
—¡Si supieras, Miguel, lo que te quiero!
Después de reconciliados, salieron ambos de la sala cogidos por la cintura.