—No; es lástima estropear una maceta.

—No se estropea; voy á hacerle un bouquet chiquito. Maximina, tráeme un poco de hilo y unas tijeras.

La niña fué por lo que se le pedía y se lo entregó gravemente sin decir palabra. Después fué á sentarse en el sofá, y desde allí contempló la factura del ramo.

Mientras ésta se llevaba á cabo, Miguel y Filomena no dejaban de tirotearse jugando del vocablo con sobrada libertad por parte de ella, y no mucho respeto por parte de él. Maximina atendía á lo que decían, sin quizá comprender una palabra; pero la expresión de sus dulces ojos iba siendo cada vez más grave y reflexiva. Al terminar, Miguel le entregó con sonrisa galante el ramo. Ella lo recibió con otra sonrisa graciosa.

—Por este rasgo de galantería le perdono todas las inconveniencias que me ha dicho. ¡Caramba, ya son las once!—dijo consultando el reloj que había delante del espejo.—¡Y mamá que me mandó subir en un verbo! Adiós, Miguel; hasta luego, Maximina.

Y salió como un cohete de la habitación, y abrió ella misma la puerta de la casa y la cerró. La mirada escrutadora y un si es no es burlona que dirigió á Maximina al salir, probaba que algo se le alcanzaba de lo que en aquel momento pasaba por su espíritu.

La niña había hecho ademán de levantarse; pero al ver la presteza con que Filomena huía, tornó á sentarse y quedó con los brazos caídos, la cabeza baja y los ojos en el suelo. Miguel la miró con el rabillo del ojo, y comprendiendo perfectamente lo que aquella actitud significaba, no quiso, sin embargo, dar su brazo á torcer hasta después de un rato.

—¿Qué tienes?—dijo acercándose y sentándose á su lado.

—Nada—respondió levantando á él sus dulces ojos nublados de lágrimas.

—¡Oh, qué tonta! ¿Celos de esa casquivana?