—¡Hipocritilla! ¡Lo que sabe es á mareo!

Filomena se encogió de hombros y empezó á recorrer con la vista los libros de la biblioteca, nombrándolos en voz alta:

Obras de Moliere... Descartes: Discurso sobre el método... ¿El método de qué?... Gil Blas de Santillana. ¡Uf, qué pesado es este libro! No he podido llegar á la mitad. ¿No tiene usted ninguna novela de Octavio Feuillet?... Pues tiene usted muy mal gusto... Platón: Diálogos. Goethe: Fausto. Me llevo este libro, Miguel, porque no conozco más que la ópera y me interesa mucho el argumento... Stuart Mill: Lógica... Santo Tomás: Theodicea. Lope de Vega: Comedias... Balzac: Fisiología del matrimonio... Este libro lo he leído yo: tiene observaciones muy finas y muy exactas... ¿No lo ha leído usted, Maximina?

Ésta la miró consternada.

—Es uno de los pocos libros que Miguel me ha prohibido leer.

Filomena clavó la vista en éste y sonrió de un modo particular como diciendo: «Ya te entiendo».

Después, repentinamente, con la viveza y desenfado que imprimía á todos sus movimientos, dejó la librería, abrió la puerta de la sala y penetró en ella. Maximina y Miguel la siguieron. Sentóse al piano y comenzó á teclear fuertemente una polka. Antes de concluirla se levantó y se dirigió al entredós, donde había dos grandes macetas de flores, y sumergió en ellas repetidas veces el rostro, aspirando con delicia su fragancia.

—¡Oh, qué hermosas flores! ¿Las han comprado ustedes?

—Me las ha mandado mi cuñada Julia.

—Voy á hacerle á usted un ramo—dijo Miguel.