—¡Filomena, por Dios!

—¡Sí, sí, buenos son ustedes! La que se fíe está fresca.

Y levantándose se puso á enredar con la plegadera, el pisapapeles y todos los objetos que halló sobre la mesa, entre ellos un cajón de cigarros puros.

—Á ver qué cigarros fuma usted... ¡Hombre, qué pequeñitos y qué cucos! ¿Son flojos?

—Bastante.

—Pues va usted á ver cómo sé fumar también.

Y sin aguardar más, tomó un puro y le cortó con los dientes la punta. Miguel le entregó riendo un fósforo encendido.

—Tengo la cabeza muy firme—manifestó dirigiendo una mirada atrevida á Miguel.

Pero á los cuatro chupetones arrojó el cigarro, diciendo:

—¡Jesús, qué cigarros tan detestables fuma usted! Sabe á cordobán.