—Me parece que he venido á estorbar—dijo la joven, fijando una mirada maliciosa en el rostro turbado y rojo de Maximina.
—No, no; de ningún modo—contestó ésta, turbándose mucho más.
—Con los recién casados hay que andarse con mucho tiento... Y eso que ustedes no son de los más pegajosos. He entrado sin llamar porque las criadas han dejado la puerta abierta... Pero si estorbo me marcho... Conozco hace tiempo el onceno mandamiento.
Aquel tono ligero y un tantico desvergonzado maravillaba y hería cada día más á nuestra provinciana.
—Al contrario: en este momento nos estábamos acordando de usted—dijo Miguel en el mismo tono ligero y festivo, á propósito para que no se le creyese.
—Hombre, ¿qué me cuenta usted?—repuso ella con ironía.—Pues he venido—añadió, sentándose en una butaca y poniendo una pierna sobre otra—á preguntar á usted si deja ir á Maximina con nosotras á la apertura del Real. Tenemos palco...
Aquélla hizo una mueca á su marido para que negase el permiso; pero éste, ó porque no quisiera ó no se atreviese á tanto, respondió:
—Mil gracias... Allá ella.
Filomena dirigió la vista á Maximina, y ésta, sin fuerzas para negarse ó dar cualquier disculpa, hizo un gesto ambiguo que la hija de la condesa interpretó como asentimiento.
—Bueno; á las ocho en punto pasaremos á recogerla. Usted puede ir al palco también si quiere... ó puede aprovechar la ocasión para irse á tunantear por ahí.