Maximina no quiso leer más; arrojó el libro sobre una silla y se puso de rodillas delante de su esposo. Comenzaron á charlar con viveza del niño.

—Oyes, ¿y por qué ha de ser niño y no niña?—dijo él.

—Porque yo quiero que sea niño.

—Pues yo quiero que sea niña y se parezca á ti... Pero hazme el favor de levantarte, porque si viene cualquier criada y te sorprende en esa postura, es muy ridículo...

—No, no; no quiero una mocosita fea que se parezca á mí. Quiero un niño, ¿lo oyes? un niño grande y robusto.

En aquel momento escucharon pasos al lado de la puerta, como Miguel se temía, y una voz que no era de ninguna criada preguntó:

—¿Se puede entrar?

Maximina se puso en pie de un brinco.

—Adelante.

Entró Filomena en traje de levantar, con los cabellos en estudiado desgaire y el cuerpo sumergido, si vale la expresión, en una magnífica bata de seda azul adornada de encajes blancos. Nunca había podido lograr Miguel que su mujer se vistiera en casa de aquel modo elegante y suntuoso. La pobre chica no sabía más que ponerse los trajes que ya no le servían, porque le causaba pena, según decía, vestirse una prenda nueva para entrar y salir en la cocina.