—Ya lo presumía. Cuando á mí no me gusta un libro siempre me digo ahora: ¡qué bueno debe de ser!
Pronunció estas palabras con tal ingenuidad y resignación tan graciosa, que su marido, riendo á carcajadas, le tomó la cabeza entre las manos y se la besó con entusiasmo. La niña, halagada por esta caricia, comenzó alegremente la lectura de otro capítulo.
Á la mitad de él estaría, poco más ó menos, cuando se interrumpió súbitamente, dejando escapar un ¡ay! reprimido y de singular entonación que sorprendió á Miguel. Se incorporó y pudo ver el rostro de su esposa enteramente rojo y reflejando un gozo casi místico.
—¿Qué te pasa?
—Acabo de sentir dentro de mí... así como una cosa...
—¿Qué cosa?—dijo él, adivinando perfectamente lo que era.
—Así como si un pie pequeñito me rozase suavemente.
—¿Y por qué no ha de ser el pie de tu hijo?
—¡Oh, Miguel! ¿Será?...
—Nada tiene de particular; has llegado ya al medio tiempo.