Cuando estaba fuera de casa, ni un instante se le apartaba de la imaginación: cuanto hablaba con las criadas, directa ó indirectamente siempre venía á referirse á él. Si mandaba limpiar los cristales era para que él no advirtiese que estaban empañados; si leía en el libro de cocina era para aprender algún plato que á él le gustase; la ropa que cosía era la de él, y de él era la cadena que limpiaba con polvos, y el pañuelo de seda que mandaba lavar á la doncella, y las camisas que enviaba á componer, porque ella no se creía con méritos para hacer competencia al camisero, no por falta de voluntad.
Las únicas nubecillas que cruzaban por el cielo de su dicha eran los inmotivados enojos de su marido, los cuales se repetían demasiado. Alguna vez le dijo llorando:
—¡Me lo daba el corazón por la mañana, porque hacía ya cinco días que no me reñías!
Miguel, enternecido, como siempre, al verla llorar, la acariciaba, y todo volvía á su habitual serenidad y contento.
Sin embargo, una nube pasó de mayor tamaño y más negra que las otras. Y fué que en el cuarto segundo de la misma casa vivía la condesa viuda de Montilla con dos hijas de veintitrés y veinticuatro años respectivamente, seis y siete, por lo tanto, más que Maximina. Las tarjetas, los saludos en la escalera y las sonrisas al balcón trajeron consigo las visitas, y éstas una muy fina amistad entre las chicas y la joven esposa. Eran aquéllas, si no lindas, bastante agraciadas por lo menos. La primera, Rosaura, una morena de facciones abultadas y ojos negros y hermosos, aunque un poco saltones; la segunda, Filomena, era delgadísima, de tez pálida, ojos verdes, de mirar extraño y malicioso, y cabellos rubios cenicientos. Había en esta muchacha cierta desenvoltura impropia de su sexo y educación, que caía en gracia á los hombres aún más que su figura. Con ésta gustaba Miguel de mantener conversaciones un tanto resbaladizas y se recreaba en ver con qué serenidad y desenfado salía la muchacha del atolladero y cuánto ingenio mostraba al retorcer las frases y darles el significado que ella apetecía. Y dicho se está que, siendo la ocasión peligrosa, algunas veces se les tienen ido los pies á ambos cayendo en procacidades de mal gusto. Maximina, cuando comenzaba uno de semejantes tiroteos, solía marcharse al balcón con Rosaura. Aunque sonreía, no dejaban de repugnarle. Cuando se quedaba á solas con su marido nada decía; pero en el modo de mentar á Filomena se percibía que no la profesaba grande estima.
—Pues á pesar de sus atrevimientos—solía decir Miguel—y de sus modales hombrunos, es una buena muchacha... mejor, á mi entender, que su hermana.
Maximina callaba por no contradecirle, aunque pensaba cosa muy distinta. Un vago sentimiento de celos, del cual ella misma no se daba entera cuenta, contribuía también á hacérsele antipática.
Así estaban las cosas cierto día en que Miguel, arrellanado en una butaca de su despacho, escuchaba tranquilamente á Maximina que, sentada á sus pies en un taburete y reclinando la espalda en sus rodillas, le leía Las aventuras del escudero Marcos de Obregón, escritas por Vicente Espinel. Mientras la niña leía, jugaba él con la trenza de sus cabellos, que traía suelta en casa por darle gusto. Tal lectura no debía de ser muy del gusto de Maximina, á juzgar por el modo perezoso y distraído que tenía de arrastrar la voz. Las novelas que le gustaban no eran estas en que todo lo que pasaba era vulgar y prosaico, sino otras cuyo enredo y aventuras extraordinarias picasen su curiosidad. Casi todos los libros que su marido le daba á leer le producían cansancio y sueño, sorprendiéndose no poco de que él los alabase y dijese pestes, en cambio, de los que á ella le placían. Acababa de leer un capítulo terriblemente pesado para ella, cuando, volviendo de repente la cabeza y fijando en él sus ojos con expresión entre inocente y maliciosa, le preguntó:
—¿Te gusta esto?
—Muchísimo.