—Siempre ha sido usted injusto con Mendoza, don Juan. Cosas más portentosas le quedan aún por ver.
—Lo creo, no me lo jures. Si son éstos los hombres con que contáis para regenerar el país, lo he de ver pronto convertido en jigote.
Y maldiciendo de la gloriosa revolución, y despreciando en Brutandór á todos sus muñidores, despidióse amistosamente, no obstante, de Miguel, por el cual nunca había dejado de sentir predilección.
Poco se había curado éste del movimiento revolucionario, aunque figurase como un adepto decidido de las doctrinas democráticas. El cuidado interior de su espíritu, que comenzaba á cultivar entregándose sin tasa á la lectura, y la vida doméstica absorbían demasiado su atención para no consagrar á la política solamente una parte pequeña de sus fuerzas. El mismo periódico cuyo gobierno había tomado con ilusión, concluyó por fatigarle. Las eternas polémicas, la fraseología empalagosa de los artículos de fondo, causáronle tedio pronto, y ansiaba el momento de dejarlo y entregarse de lleno á otros trabajos más serios y útiles. En su vida doméstica era feliz; mas no al modo que había imaginado serlo. Porque pensaba antes de casarse que el amor y las felices expansiones que él trae consigo habían de llenar por entero su existencia, sin que le quedase tiempo ni deseos para ocuparse en otra cosa. Y al ver que el amor ocupaba en su vida un lugar como accesorio ó secundario y que seguían preocupándole otros asuntos, tanto los que se referían á su vida exterior como los tocantes á sus estudios y meditaciones; que un contratiempo leve le entristecía y cualquier palabra malsonante le irritaba como antes; que muchas veces volvía del café excitado por alguna discusión y no eran bastante las caricias de su esposa para calmarle, él mismo se sorprendía y confesaba que otra mayor influencia y alcance concedía al matrimonio. La misma Maximina tenía que sufrir algunas veces el mal humor que otros le causaban fuera. Cuando su genio se hallaba templado para irritarse, cualquier pequeña contradicción bastaba para ello, y aun sintiendo la injusticia que cometía, no por eso dejaba de reprender á su esposa cuando el aseo de su cuarto, ó de su ropa ó cualquier otra menudencia por el estilo no estaba tan á punto como quisiera. Verdad es que en cuanto veía asomar las lágrimas á los ojos de aquélla, todo se turbaba y se lanzaba acto continuo á besarla y abrazarla. Y como á Maximina, así que sentía los labios de su marido en el rostro, se le borraban como por ensalmo todas las penas, el resultado era que sus reyertas (si este nombre puede darse cuando el uno riñe y el otro calla) duraban siempre pocos minutos. En resolución, que nuestro héroe padecía del mal que en los niños suele llamarse mimos, ó lo que es igual, que avezado á ver á su esposa constantemente dulce, cariñosa, sumisa, no se le ocurría siquiera que podía ser de otro modo, y no sabía apreciar, por lo mismo, en lo que valía aquella paz y suave calor del hogar tras de los cuales tantos hombres corren en vano.
Maximina, en cambio, gozaba de una felicidad casi celestial. La presencia de su esposo, del cual cada día estaba más enamorada, bastaba para mantenerla en un estado de dicha que rebosaba de sus ojos y se traslucía en todas sus palabras y movimientos. Cuando estaba en casa apenas apartaba de él la vista. Le seguía con disimulo á todas las habitaciones, y ponía empeño en verle hasta cuando se lavaba y vestía. Miguel la embromaba por esta persecución: algunas veces, cuando estaba de mal humor, le decía:
—Vamos, déjame que voy á arreglarme.
Y hacía ademán de cerrar la puerta. Pero ella respondía con ojos tan suplicantes:
—¡Por Dios, no me eches de tu cuarto, Miguel!
Que no podía menos de sonreir, y tomándola de la mano, la sentaba en una silla como á una niña, diciéndole:
—Bien está; pero no te muevas de ahí.