La comitiva se puso en marcha de nuevo. No tardó en agregarse á ella Marroquín con todos sus compañeros, llevando enarbolado un descomunal estandarte azul donde se leía con letras doradas: Abolición inmediata del culto y clero.
Todo era jarana, bulla y regocijo aquel día, 30 de Septiembre, en la capital de las Españas. Las músicas recorrían las calles tocando himnos patrióticos; los balcones todos (ya se guardaría muy bien de faltar ninguno) ostentaban colgaduras multicolores; las campanas de los templos volteaban con fingido júbilo; en las calles principales se levantaban apresuradamente arcos triunfales para recibir á los vencedores de Alcolea, emigrados y mártires de la revolución; numerosas manifestaciones pacíficas discurrían por la ciudad parándose á cada instante para escuchar la voz de todos los oradores más ó menos improvisados. La en que iba Marroquín no era la menos nutrida y entusiasta. De sus proezas tuvo noticias Miguel por su antiguo profesor D. Juan Vigil, el capellán del colegio de la Merced, con quien topó á los pocos días en la calle.
—Ya habéis triunfado, ¡barájoles! Bien sabe Dios que no me pesa por ti y otros buenos amigos que tengo metidos en la danza. Lo único que siento son los excesos, ¿sabes? los excesos contra nuestra santa madre la Iglesia... Por delante de casa pasó el puerco de Marroquín al frente de una porción de canalla. Ya vi que tú no ibas allí, y te doy la enhorabuena por no mezclarte con semejante gentuza... Llevaba un cartelón donde decía: Abajo el culto y clero: se paró delante del colegio y comenzó á levantar el pendón gritando como un becerro: «¡Muera el clero!» «¡Abajo las aves nocturnas!» Yo estaba detrás de la persiana, y ¡barájoles, me entraron unas ganas de bajar á la calle y darle cuatro mocadas á ese cerdo!...
Miguel no pudo reprimir una sonrisa, recordando los mojicones que en otro tiempo le había propinado Marroquín á él; y para que el cura no cayese en el motivo de la risa, se apresuró á decir:
—¿No se acuerda usted, D. Juan, de la paliza que me dió un día por haber gritado á la hora de recreo «¡Viva Garibaldi?»
—Sí que me acuerdo; y tú no me la habrás agradecido, ¿verdad?
—Ni más ni menos.
—¡Eso es! ¡Desvívase usted por inculcar á sus discípulos las sanas ideas de religión y moral, enderece usted sus pasos por la senda de la virtud, corrija usted con mano paternal sus demasías, para que después que son hombres no le den las gracias siquiera por sus desvelos!
—No riñamos por eso, D. Juan: todo aquello lo agradezco en el alma; pero los palos, por paternales que ellos sean, no me los harán nunca agradecer, así me hagan cuartos.
—Bien está, y no se hable más del asunto: la más grande recompensa de mis cuidados es verte hombre formal y bien quisto en la sociedad.... Pero hablando de otra cosa: tú no sabes el susto que me ha dado el otro día ese diablo de Brutandór. Iba yo por la calle de Alcalá abajo, con propósito de ver la entrada de los caudillos de la libertad (como ahora decís), acompañado del mayordomo y dos discípulos, cuando entre la comitiva, y arrellanado en una carretela donde iban dos generales con gran uniforme, veo á mi Brutandór saludando á la gente como si fuese un emperador... ¡Ave María Purísima! dije santiguándome. Casi no quería creer á mis propios ojos. Ya yo sabía que politiqueaba ese gaznápiro y aun que embadurnaba algunos artículos en los periódicos, aunque siempre me figuré que serían tan suyos como las composiciones que tú le sacabas en la cátedra; pero ¿cuándo podía imaginar que me lo había de ver hecho un personaje importante pasando por debajo de los arcos triunfales como si viniera de conquistar las Galias ó vencer á los Escythas? ¡Y que no iba finchado el bodoque, balanceándose en la carretela, como si toda su vida hubiera andado en ella!